El día que Bert Cooper nos advirtió de que las mejores cosas de la vida son gratis

Uno de los últimos episodios de la serie Mad Men se cierra con una escena en la que el viejo Bert Cooper canta y baila una canción en la que le recuerda a Don Draper que “Las mejores cosas de la vida son gratis”. Es una escena deliciosa, tanto por su mensaje y espíritu, como por la estética y puesta en escena. Bert Cooper enumera durante la canción algunas cosas maravillosas que son gratis, como las estrellas que brillan, los rayos del sol o las flores que brotan en primavera.

De una sociedad autodenominada “capitalista”, no se puede esperar otra cosa que un absoluto protagonismo del capital. Y así es, el dinero ha dejado de ser un mero instrumento necesario en una sociedad de mercado, para convertirse en el dios todopoderoso que debe ser adorado por el ser humano y que merece cualquier sacrificio en su defensa, incluso el sacrifico del propio ser humano, si es necesario. La vida humana carece de valor si se contrapone a la preeminencia del capital.

 Hemos colocado el dinero en el centro de nuestro mundo. Nos han convencido de que todo lo merece, todo lo arregla, todo lo puede. Nos han convencido de que triunfar es poder comprar los productos que a la industria le interesa vendernos, de que ser feliz es cambiar de coche. Ignoro cuánto tiempo durará esta mentira, a qué nivel de degradación debe llegar el ser humano antes de corregir el rumbo, de volver a situar en el centro de su existencia las cosas que de verdad importan.

El bueno de Bert Cooper canta en su última aparición en Mad Men que “Las mejores cosas de la vida son gratis”, aunque más que gratis, esas cosas a las que se refiere, son carísimas. Tan caras que no se pueden comprar, porque no hay dinero en el mundo que pueda pagarlas. Esas cosas carísimas, imposibles de comprar con dinero, nos igualan a todos. Ahí están las puestas de sol, dispuestas no para quién tenga más dinero, sino para quien sepa disfrutarlas, quien se pare un momento a extasiarse con su espectáculo. Porque resulta que “solamente lo barato se compra con dinero”, como decía Facundo Cabral.

Pero no sólo los fenómenos naturales, como el amanecer, el atardecer o las mareas, son impagables. Tampoco se pueden comprar con dinero los lujos más exquisitos que uno se puede permitir. Por ejemplo, la dignidad, esa que permite a un hombre o a una mujer caminar con la cabeza bien erguida. No, la dignidad no puedes comprarla. Ni tampoco el respeto por uno mismo, esa sensación de que uno puede mirar a los ojos a cualquier ser humano de igual a igual, sea cual sea su estatus o condición. Ni se puede comprar el buen gusto. De hecho, el dinero y el buen gusto suelen estar bastante reñidos. La estética de la sencillez se maneja casi sola. Pero qué difícil es gestionar el aspecto estético de la abundancia. Todavía conservo en mi retina la imagen de un multimillonario de cara sudorosa pidiendo botellas de champán de las que ni siquiera sabía pronunciar su nombre. Pero él lo hacía con impostada naturalidad, como quien pide una gaseosa. Ya hace tiempo que comprendí que es muy difícil poseer una gran fortuna sin caer en la ordinariez.

La historia más triste del mundo

Aquel multimillonario de rostro sudoroso me contó que una vez había estado enamorado, y  todas las tardes volvía a casa ilusionado, sabiendo que lo esperaba su amada. Muchas personas se sentirían muy afortunadas de encontrar un amor así, un amor correspondido que ilumine lo cotidiano, que algunos persiguen toda la vida y mueren sin haber encontrado. Pero aquel multimillonario me explicó que cierto día comprendió que estaba dejando de ganar todavía más dinero a causa de su amor, ya que se iba antes a casa de lo que lo haría si nadie lo esperara allí. A pesar de que hasta ese momento de su vida ya había acumulado capital como para que lo derrochasen varias generaciones, no dudó en romper aquella relación amorosa, que estimaba perjudicial para el incremento exponencial de su fortuna. Me pareció la historia más triste del mundo.

El dinero no solo no da la felicidad, sino que la evita. La felicidad está precisamente en la no dependencia del dinero, en liberarse de la obligación de consumir, en evitar las tarjetas de crédito y otros tipos de deuda que nos esclavizan de por vida. En no identificar nuestro valor personal con nuestra capacidad adquisitiva. En la legendaria El club de la lucha, el personaje interpretado por Brad Pitt advertía: “No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera”. No, porque no eres lo que tienes, eres lo que amas.

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