El ambicioso joven que vivió un delirio presidencial y ahora es juguete roto del IBEX

Pues parece que el IBEX, con todos los recursos a su disposición, no consigue formar gobierno. Ni todo el miedo sembrado, ni todos los medios de comunicación a su servicio, ni toda la maquinaria puesta a disposición del candidato oficioso Mariano y del candidato suplente Albert, han sido suficientes. Qué bonito cuando los planes no le salen bien al capitalismo. Pocas veces ocurre, celebrémoslo.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer puñetazo en la cara. Juraría que eso fue, exactamente, lo que le ocurrió a Albert Rivera la noche electoral. Cuando la cámara lo enfocó caminando por aquel pasillo del Eurobuilding, rodeado por su escolta de ciborgs –tan ciborgs como él-  para comparecer ante los medios, la sonrisa blanqueada y perfecta parecía habérsele congelado en la cara. Pretendía seguir caminando como un triunfador, sonriendo como un triunfador, saludando como un triunfador… pero la realidad le había golpeado en la cara con 40 cochinos escaños y costaba mantener la farsa. El shock del momento le impidió reaccionar, y por eso fue incapaz de sustituir su discurso de arrogante triunfador por el de humilde perdedor. Pareciera que ningún alma caritativa lo hubiera avisado de que había fracasado estrepitosamente.

Se encargó de hacérselo saber Susanna Griso al día siguiente en Espejo Público, pegándole una estocada en directo, con una crueldad poco usual en ella. Albert, la gran esperanza blanca del IBEX y hasta entonces mimado por los medios, fingía mantener su halo de persona influyente, intentando convencer a los presentes con su labia habitual, aunque algo más tenso, de lo satisfecho que estaba de haber obtenido 40 escaños. Susanna Griso lo atajó en seco espetándole que cuando se paseaba por los bancos pidiendo un préstamo para la campaña, les prometía sacar un mínimo de 60 escaños. Albert Rivera, cosa rara en él, pareció quedar sin palabras.

Cuatro millones de euros le prestaron los bancos a Albert Rivera para la campaña electoral de las generales. Y se dice que llegaron justitos de pasta al 20D, lo pulieron todo rápidamente y la última semana no tuvieron para pagar trackings. Por lo visto, muy buenos administradores, no son.

Aparte de dinero, Albert ha perdido credibilidad e influencia, ya no le es útil al IBEX para apuntalar al gobierno del PP.  Por eso anda como loco por meter cabeza en un (im)posible gobierno de coalición de PP y PSOE. Sería su única salvación, con los panfletos del IBEX aupando ya a Inés Arrimadas como su relevo. Además, en unas posibles nuevas elecciones, los politólogos auguran que lograría todavía menos escaños.

Encuentro maravillosa la historia de Albert, el ambicioso joven que vivió un delirio presidencial y que ahora es el juguete roto del IBEX. Lo suyo fue un suflé, un castillo de naipes que se vino abajo antes de lo conveniente. De lo conveniente para el interesado. Albert y quienes lo apoyaron se creyeron a pies juntillas eso de que la masa es manipulable, que la tecnocracia todo lo puede, que el dinero es infalible. Que qué votante no iba a caer rendido ante un joven aseado, campeón de debates universitarios, con trajes de 1.000 euros, sonrisa blanqueada e injertos capilares. Pero olvidaron el factor humano, ése que hace que seamos impredecibles. Pura poesía.

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