Contra el mercadeo sexual de mujeres y niñas

La explotación sexual de mujeres y niñas es el segundo negocio más rentable del mundo, después de las drogas y delante las armas. Hay en el mundo 40 millones de personas prostituidas, y 3 de cada 4 tienen entre 13 y 25 años de edad. Esto genera unos beneficios de unos 160.000 millones de €. Por supuesto, un negocio tan rentable no van a dejarlo pasar las grandes organizaciones criminales. Por eso desde los años 90 ha habido un vuelco en el negocio, antes regido por chulos, macarras y delincuentes de medio pelo, y ahora tomado por las grandes redes de trata de personas.

 

 

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No lo llames depresión posvacacional, llámalo capitalismo

Flota en el aire la idea de que el trabajo asalariado es algo natural, inherente al ser humano. Algo que ha existido siempre y que no tiene alternativa. Pero esto no es así, hubo de hacerse una ardua labor para convertir a grandes cantidades de seres humanos en proletarios, quitándoles cualquier otra alternativa de vida.

 

¿Por qué somos cada vez más pobres?

El planeta tierra no es de propiedad privada, nos pertenece a todos los seres que vivimos en él. Cuando nacemos, tenemos derecho a los recursos que este planeta ofrece para sobrevivir, igual que lo tienen otras especies. Sin embargo, cuando el ser humano nace, se encuentra con una estructura social artificial que limita su acceso a los recursos básicos para sobrevivir.

Eres feminista y no lo sabes

Si el feminismo de épocas pasadas te parece loable, pero el feminismo contemporáneo te repatea, la razón puede estar en que aquellos logros ya están normalizados, has nacido en un mundo que los acepta, que los asume como naturales. Pero puede que la actual agenda del feminismo te rechine, te produzca rechazo porque trata de mover estructuras todavía vigentes.

¡Politicémonos!

En la Grecia clásica, a quienes no se interesaban en los asuntos públicos se les conocía como “idiotas”. La mediocridad de la clase política actual es frustrante pero, ¿no sería más interesante hacer justo lo contrario e implicarnos todavía más en los asuntos públicos, hiperpolitizarnos?

Los locos locos votantes de Trump

trump-cover-finalLos “blancos pobres” de zonas rurales han votado a Trump, y ahora  los pijos estadounidenses se echan las manos a la cabeza. Los actores de Hollywood, las élites culturales y esa gente tan cool de Manhattan… 

El jueves pasado, el periodista del Washington Post Ed O’Keefe, trataba de explicar en el XVIII Congreso de Periodismo Digital de Huesca la inesperada victoria de Trump en las últimas elecciones estadounidenses. Mencionó que había que cambiar el sistema de encuestas, porque no había funcionado, y aventuró que los votantes de Hillary no fueron a votar porque estaban muy seguros de que Trump perdería. Se diría que EEUU todavía está bajo el estado de shock de la inesperada llegada al gobierno de Trump, y que ni los corresponsales políticos son capaces de explicar muy bien lo ocurrido. Supongo que tener a un tarado tramposo como Trump de presidente debe de parecerles una pesadilla de la que todavía podrían despertarse en algún momento.

Ed O’Keefe explicó que lo que finalmente dio la victoria a Trump fue conquistar los estados del cinturón de óxido, una zona castigadísima por la desindustrialización, el paro, el cierre de minas… que habitualmente dominaban los demócratas, supuestamente el partido de los trabajadores. Trabajadores en muchos casos desempleados y acuciados por la pobreza, que sienten que el Partido Demócrata no ha hecho nada por ellos.

En una entrevista en The Guardian publicada por eldiario.es, Bernie Sanders se pregunta: ¿Cómo diantres es posible que el Partido Demócrata, el partido de los trabajadores, haya cedido tanto terreno político para que un multimillonario (Trump) se pueda poner de pie frente a otros multimillonarios en el hotel Waldorf y simular que es el gran defensor de los obreros siderúrgicos?”

Los blancos pobres de zonas rurales han votado a Trump, y los pijos estadounidenses se echan las manos a la cabeza. Los actores de Hollywood, las élites culturales, la gente cool de Manhattan… incluso algunos mexicanos muy bien situados en la escala social y económica entienden la victoria de Trump como una desgracia que nunca debió ocurrir. Cuando los escucho, me pregunto si antes de que esos blancos pobres sin estudios inclinaran la balanza de su destino se preocuparon alguna vez por la situación de pobreza en que la desigualdad los estaba hundiendo. Me pregunto si ellos, desde sus lujosas casas con servicio doméstico y sus universidades privadas pensaron alguna vez en los 46 millones de compatriotas que viven por debajo del umbral de la pobreza, un 15% de la población. Probablemente no, porque probablemente siempre pensaron que ése era un problema que no iba con ellos y, como la derecha ha ganado la guerra del discurso, probablemente están convencidos de que esos pobres merecen su pobreza por holgazanes e incapaces.

La desigualdad no suele importarles a los que viven en la cara rica de la moneda, pero debería. Porque la desigualdad afecta a la sociedad en su conjunto. No puedes abstraerte de toda esa pobreza, de que millones de personas en tu país no tengan ninguna oportunidad de salir de ella, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos. No puedes abstraerte de que uno de cada cinco niños pase hambre en tu país, aunque los tuyos vayan a estar sobrealimentados toda su vida. Porque la pobreza siempre llama a tu puerta: en forma de inseguridad, en forma de disturbios, o en forma de un monstruo llamado Trump.

Pérez-Reverte no es tan machote

Qué pereza los machotes, Señor, qué pereza. Que siempre parece que se han extinguido y de repente te encuentras uno en el lugar más insospechado. Por ejemplo, en la librería o en el suplemento semanal del periódico. Porque hasta en las letras nos florecen los machotes. Le llaman “prosa cipotuda” y su máximo exponente es el nunca suficientemente ponderado Arturo Pérez-Reverte. Sí, el varón dandy de las letras.

Los escritores machotes son esos que se están tomando un vino en el bar del barrio con todos los permisos de Sanidad en regla, ensaladilla y tortilla de patatas en las vitrinas, y te lo cuentan que parecen el mismísimo Bukowski en una espiral de vómito y destrucción. Que si el trago de whisky, que si el camarero confidente, que si el desgarro vital. Luego pagan, dejan propina y se van a la cama en pijama después de lavarse los dientes. Se han instalado en la paja mental de una vida de canallas que se arrastran por el fango, pero luego se untan mermelada sin azúcar en la tostada integral y miran la fecha de caducidad de los yogures.

Estos tienen de machotes lo que yo de nadadora de sincronizada. Y de machotes sé un rato largo, que estuve diez años con un “paraca” que se ejercitaba por las mañanas haciendo flexiones con un CETME. Lo juro. Flexiones, abdominales y sentadillas sujetando un CETME, mientras yo hacía el saludo al sol sobre una esterilla de yoga. Y cuando iba al campo se quitaba las garrapatas quemándolas con un cigarro. Así que a mí me vais a explicar lo que es un machote.

Desconozco en qué momento el flacucho de Pérez-Reverte nos convenció de que era una olla a presión de testosterona, pero es un fraude estratosférico. Porque ya os lo voy diciendo, Reverte tiene pinta de cualquier cosa menos de exudar masculinidad por todos sus poros. No creo ni que se afeite a navaja. Pero Arturo, hombre astuto, consciente de que con su aspecto de cagapoquito no iba a levantar una falda en su vida, se montó un personaje que bebía whisky, decía tacos y expulsaba exabruptos machistas a tutiplén. ¿Qué podía salir mal?

Arturo el cipotudo posa con posturitas de macho, la pelvis siempre en primer plano y mirando a cámara con los ojos entrecerrados en plan miope, que es como lo de poner morritos pero en machote. Y amorrado a una botella recuerda con nostalgia cómo eran las mujeres de antes, que por cierto jamás conoció. Las Ava Gardner o las Grace Kelly de los pósteres con los que se le ponía el alatriste contento de adolescente. Nada que ver con las de ahora, que somos unas ordinarias y no satisfacemos sus exigencias estéticas de medias con costura y tacones, ni meneamos las caderas por la calle para su deleite y el de sus amigotes, como él estima que sería de justicia.

Yo a los Reverte los conozco, los conocemos todas. Es el que se sienta a la barra exhibiendo con mucha posturita la profundidad de su ser atormentado, dándole muchas vueltas a los hielos del whisky. El que de vez en cuando te mira de reojo para ver si estás impresionada. El que empieza tratándote de usted y cuándo le rechazas una copa te dice “pues tampoco eres tan guapa, so ordinaria”. Es lo que tienen los personajes, que son solo eso, un personaje.

La revolución tecnológica del amor

La tecnología lo invade todo, lo transforma todo, e incluso aquellas áreas que parecen discurrir por sendas menos prosaicas y más cálidas, las de las relaciones personales y los sentimientos, se han visto asaltadas por la invasión de las nuevas tecnologías: Bienvenidos al amor 2.0.

Las redes sociales han cambiado la forma de encontrarnos, de conocernos, de amar y hasta de olvidar. Y probablemente se trate de un proceso todavía incipiente, que crecerá exponencialmente y que hará que se tambaleen las reglas y los códigos hasta ahora conocidos de los romances. De nada vale resistirse o negarlo, la revolución tecnológica del amor ya es imparable.

Y sin embargo, el día que una de mis amigas más guapas, jóvenes, simpáticas y profesionalmente exitosas me contó con toda naturalidad que tenía perfil en Tinder, se me movieron los cimientos. Una de las ventajas que ella le encontraba a este sistema era no tener que estar de copas hasta las tantas, ya que podía conocer gente y concertar citas a través de la aplicación desde el sofá de su casa y con la mascarilla puesta. Esa misma noche abrí mi propio perfil. Los días que duró mi experiencia en Tinder antes de salir escopetada darían para una serie completa de artículos, pero eso es otra historia.

Tal vez, como mi amiga me señaló, Tinder acabe siendo una red social más donde esté todo el mundo. Pero la sensación que yo extraje de esos pocos días fue que, hoy por hoy, lo que tienes más probabilidades de encontrarte ahí dentro son depredadores. No digo que no haya algún mirlo blanco, pero no creo que el entorno y la filosofía de la aplicación propicien que lo encuentres.

En definitiva, el romance 2.0 es poco romántico y está tomado por esa clase de gente que consume personas compulsivamente, como quien enciende un cigarro con otro. Me imagino a esa gente como un niño con una caja de bombones, abriendo impacientemente uno tras otro para chupar la cobertura de chocolate, pero escupiéndolos todos antes de llegar al relleno.

Los románticos no somos bien acogidos – por ahora – en las nuevas tecnologías, porque lejos de esos impulsos frenéticos, tendemos a aproximarnos a cada persona que conocemos como si fuese un continente nuevo por explorar, como si arribásemos sin equipaje y con la curiosidad entre los dientes a las playas de un país desconocido y misterioso. No escupimos los bombones, no encendemos un cigarro con otro. Más bien seleccionamos cuidadosamente el tabaco adecuado, disfrutamos liándolo con mucha ceremonia y luego guardamos el cigarrillo celosamente a la espera del momento perfecto para disfrutarlo. Con quien nunca ha sido amado así, tiene una deuda la vida, y en vano puede buscar en Tinder quien se la satisfaga.

Lavar el coche los domingos

A mí la vida no me da para tanto

no me da para ir a la oficina todos los días,

para acarrear comida del supermercado a la nevera.

Para leer los clásicos,

para dar 10.000 pasos diarios,

para mirarte de reojo.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

No me da para bajar la basura todas las noches.

Para escribir un blog,

para descubrir poetas,

para acabar de convencerte.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

Para ir depilada,

para lavar el coche los domingos,

para bailar desnuda con los lobos,

para vaciar el tendedero antes de la lluvia.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

No me da para hacer dieta,

para hacerme todas las revisiones,

para apuntarme a yoga.

A mí la vida no me da para casi nada.

Pero sobre todo, sobre todas las cosas,

la vida no me da para esperarte.