Eres feminista y no lo sabes

Si el feminismo de épocas pasadas te parece loable, pero el feminismo contemporáneo te repatea, la razón puede estar en que aquellos logros ya están normalizados, has nacido en un mundo que los acepta, que los asume como naturales. Pero puede que la actual agenda del feminismo te rechine, te produzca rechazo porque trata de mover estructuras todavía vigentes.

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¡Politicémonos!

En la Grecia clásica, a quienes no se interesaban en los asuntos públicos se les conocía como “idiotas”. La mediocridad de la clase política actual es frustrante pero, ¿no sería más interesante hacer justo lo contrario e implicarnos todavía más en los asuntos públicos, hiperpolitizarnos?

Los locos locos votantes de Trump

trump-cover-finalLos “blancos pobres” de zonas rurales han votado a Trump, y ahora  los pijos estadounidenses se echan las manos a la cabeza. Los actores de Hollywood, las élites culturales y esa gente tan cool de Manhattan… 

El jueves pasado, el periodista del Washington Post Ed O’Keefe, trataba de explicar en el XVIII Congreso de Periodismo Digital de Huesca la inesperada victoria de Trump en las últimas elecciones estadounidenses. Mencionó que había que cambiar el sistema de encuestas, porque no había funcionado, y aventuró que los votantes de Hillary no fueron a votar porque estaban muy seguros de que Trump perdería. Se diría que EEUU todavía está bajo el estado de shock de la inesperada llegada al gobierno de Trump, y que ni los corresponsales políticos son capaces de explicar muy bien lo ocurrido. Supongo que tener a un tarado tramposo como Trump de presidente debe de parecerles una pesadilla de la que todavía podrían despertarse en algún momento.

Ed O’Keefe explicó que lo que finalmente dio la victoria a Trump fue conquistar los estados del cinturón de óxido, una zona castigadísima por la desindustrialización, el paro, el cierre de minas… que habitualmente dominaban los demócratas, supuestamente el partido de los trabajadores. Trabajadores en muchos casos desempleados y acuciados por la pobreza, que sienten que el Partido Demócrata no ha hecho nada por ellos.

En una entrevista en The Guardian publicada por eldiario.es, Bernie Sanders se pregunta: ¿Cómo diantres es posible que el Partido Demócrata, el partido de los trabajadores, haya cedido tanto terreno político para que un multimillonario (Trump) se pueda poner de pie frente a otros multimillonarios en el hotel Waldorf y simular que es el gran defensor de los obreros siderúrgicos?”

Los blancos pobres de zonas rurales han votado a Trump, y los pijos estadounidenses se echan las manos a la cabeza. Los actores de Hollywood, las élites culturales, la gente cool de Manhattan… incluso algunos mexicanos muy bien situados en la escala social y económica entienden la victoria de Trump como una desgracia que nunca debió ocurrir. Cuando los escucho, me pregunto si antes de que esos blancos pobres sin estudios inclinaran la balanza de su destino se preocuparon alguna vez por la situación de pobreza en que la desigualdad los estaba hundiendo. Me pregunto si ellos, desde sus lujosas casas con servicio doméstico y sus universidades privadas pensaron alguna vez en los 46 millones de compatriotas que viven por debajo del umbral de la pobreza, un 15% de la población. Probablemente no, porque probablemente siempre pensaron que ése era un problema que no iba con ellos y, como la derecha ha ganado la guerra del discurso, probablemente están convencidos de que esos pobres merecen su pobreza por holgazanes e incapaces.

La desigualdad no suele importarles a los que viven en la cara rica de la moneda, pero debería. Porque la desigualdad afecta a la sociedad en su conjunto. No puedes abstraerte de toda esa pobreza, de que millones de personas en tu país no tengan ninguna oportunidad de salir de ella, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos. No puedes abstraerte de que uno de cada cinco niños pase hambre en tu país, aunque los tuyos vayan a estar sobrealimentados toda su vida. Porque la pobreza siempre llama a tu puerta: en forma de inseguridad, en forma de disturbios, o en forma de un monstruo llamado Trump.

Pérez-Reverte no es tan machote

Qué pereza los machotes, Señor, qué pereza. Que siempre parece que se han extinguido y de repente te encuentras uno en el lugar más insospechado. Por ejemplo, en la librería o en el suplemento semanal del periódico. Porque hasta en las letras nos florecen los machotes. Le llaman “prosa cipotuda” y su máximo exponente es el nunca suficientemente ponderado Arturo Pérez-Reverte. Sí, el varón dandy de las letras.

Los escritores machotes son esos que se están tomando un vino en el bar del barrio con todos los permisos de Sanidad en regla, ensaladilla y tortilla de patatas en las vitrinas, y te lo cuentan que parecen el mismísimo Bukowski en una espiral de vómito y destrucción. Que si el trago de whisky, que si el camarero confidente, que si el desgarro vital. Luego pagan, dejan propina y se van a la cama en pijama después de lavarse los dientes. Se han instalado en la paja mental de una vida de canallas que se arrastran por el fango, pero luego se untan mermelada sin azúcar en la tostada integral y miran la fecha de caducidad de los yogures.

Estos tienen de machotes lo que yo de nadadora de sincronizada. Y de machotes sé un rato largo, que estuve diez años con un “paraca” que se ejercitaba por las mañanas haciendo flexiones con un CETME. Lo juro. Flexiones, abdominales y sentadillas sujetando un CETME, mientras yo hacía el saludo al sol sobre una esterilla de yoga. Y cuando iba al campo se quitaba las garrapatas quemándolas con un cigarro. Así que a mí me vais a explicar lo que es un machote.

Desconozco en qué momento el flacucho de Pérez-Reverte nos convenció de que era una olla a presión de testosterona, pero es un fraude estratosférico. Porque ya os lo voy diciendo, Reverte tiene pinta de cualquier cosa menos de exudar masculinidad por todos sus poros. No creo ni que se afeite a navaja. Pero Arturo, hombre astuto, consciente de que con su aspecto de cagapoquito no iba a levantar una falda en su vida, se montó un personaje que bebía whisky, decía tacos y expulsaba exabruptos machistas a tutiplén. ¿Qué podía salir mal?

Arturo el cipotudo posa con posturitas de macho, la pelvis siempre en primer plano y mirando a cámara con los ojos entrecerrados en plan miope, que es como lo de poner morritos pero en machote. Y amorrado a una botella recuerda con nostalgia cómo eran las mujeres de antes, que por cierto jamás conoció. Las Ava Gardner o las Grace Kelly de los pósteres con los que se le ponía el alatriste contento de adolescente. Nada que ver con las de ahora, que somos unas ordinarias y no satisfacemos sus exigencias estéticas de medias con costura y tacones, ni meneamos las caderas por la calle para su deleite y el de sus amigotes, como él estima que sería de justicia.

Yo a los Reverte los conozco, los conocemos todas. Es el que se sienta a la barra exhibiendo con mucha posturita la profundidad de su ser atormentado, dándole muchas vueltas a los hielos del whisky. El que de vez en cuando te mira de reojo para ver si estás impresionada. El que empieza tratándote de usted y cuándo le rechazas una copa te dice “pues tampoco eres tan guapa, so ordinaria”. Es lo que tienen los personajes, que son solo eso, un personaje.

La revolución tecnológica del amor

La tecnología lo invade todo, lo transforma todo, e incluso aquellas áreas que parecen discurrir por sendas menos prosaicas y más cálidas, las de las relaciones personales y los sentimientos, se han visto asaltadas por la invasión de las nuevas tecnologías: Bienvenidos al amor 2.0.

Las redes sociales han cambiado la forma de encontrarnos, de conocernos, de amar y hasta de olvidar. Y probablemente se trate de un proceso todavía incipiente, que crecerá exponencialmente y que hará que se tambaleen las reglas y los códigos hasta ahora conocidos de los romances. De nada vale resistirse o negarlo, la revolución tecnológica del amor ya es imparable.

Y sin embargo, el día que una de mis amigas más guapas, jóvenes, simpáticas y profesionalmente exitosas me contó con toda naturalidad que tenía perfil en Tinder, se me movieron los cimientos. Una de las ventajas que ella le encontraba a este sistema era no tener que estar de copas hasta las tantas, ya que podía conocer gente y concertar citas a través de la aplicación desde el sofá de su casa y con la mascarilla puesta. Esa misma noche abrí mi propio perfil. Los días que duró mi experiencia en Tinder antes de salir escopetada darían para una serie completa de artículos, pero eso es otra historia.

Tal vez, como mi amiga me señaló, Tinder acabe siendo una red social más donde esté todo el mundo. Pero la sensación que yo extraje de esos pocos días fue que, hoy por hoy, lo que tienes más probabilidades de encontrarte ahí dentro son depredadores. No digo que no haya algún mirlo blanco, pero no creo que el entorno y la filosofía de la aplicación propicien que lo encuentres.

En definitiva, el romance 2.0 es poco romántico y está tomado por esa clase de gente que consume personas compulsivamente, como quien enciende un cigarro con otro. Me imagino a esa gente como un niño con una caja de bombones, abriendo impacientemente uno tras otro para chupar la cobertura de chocolate, pero escupiéndolos todos antes de llegar al relleno.

Los románticos no somos bien acogidos – por ahora – en las nuevas tecnologías, porque lejos de esos impulsos frenéticos, tendemos a aproximarnos a cada persona que conocemos como si fuese un continente nuevo por explorar, como si arribásemos sin equipaje y con la curiosidad entre los dientes a las playas de un país desconocido y misterioso. No escupimos los bombones, no encendemos un cigarro con otro. Más bien seleccionamos cuidadosamente el tabaco adecuado, disfrutamos liándolo con mucha ceremonia y luego guardamos el cigarrillo celosamente a la espera del momento perfecto para disfrutarlo. Con quien nunca ha sido amado así, tiene una deuda la vida, y en vano puede buscar en Tinder quien se la satisfaga.

Lavar el coche los domingos

A mí la vida no me da para tanto

no me da para ir a la oficina todos los días,

para acarrear comida del supermercado a la nevera.

Para leer los clásicos,

para dar 10.000 pasos diarios,

para mirarte de reojo.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

No me da para bajar la basura todas las noches.

Para escribir un blog,

para descubrir poetas,

para acabar de convencerte.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

Para ir depilada,

para lavar el coche los domingos,

para bailar desnuda con los lobos,

para vaciar el tendedero antes de la lluvia.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

No me da para hacer dieta,

para hacerme todas las revisiones,

para apuntarme a yoga.

A mí la vida no me da para casi nada.

Pero sobre todo, sobre todas las cosas,

la vida no me da para esperarte.

Ojalá nunca más el individualismo

Las crisis -las económicas, las políticas, las personales, las emocionales- aportan una receptividad inigualable para aprender, para advertir lo que durante las épocas de bonanza nos pasa inadvertido. Se aprende de las derrotas mucho más que de las victorias, a pocas luces que uno tenga. Normalmente, si no hay crisis, no hay lugar para la reflexión.

Aprendimos muchas cosas cuando la crisis tambaleó la economía y con ello la sociedad española. El sufrimiento de tanta gente nos hizo replantearnos, no solo el sistema financiero o los entramados políticos que se habían instalado, sino también nuestras propias actitudes y formas de vida, nuestros valores y nuestra ideología. Así, la crisis trajo consigo un renovado interés de los españoles por la política, algo que de haber existido en las épocas de bonanza, tal vez hubiera evitado el desmadre en el que vivieron los partidos y en el que se gestó la putrefacción del sistema.

Muchísimos jóvenes descubrieron la política en esa época, cuando se rompió la promesa de prosperidad y abundancia en que habían sido criados, y buscaron respuestas a su situación, interesándose en un instrumento que antes no les tenía utilidad, y en muchos casos cristalizando en alguno de los movimientos 15M.

De la crisis, del hartazgo y de todo este renovado interés de los jóvenes españoles por la política, nació también Podemos. El recorrido que tendrá este novísimo partido político, no me atrevo de ninguna manera a anticiparlo. Si falla, se llevará por el sumidero las esperanzas de millones de españoles de poder abrir una brecha en este sistema corrupto y deshumanizado, de que algo cambie. Pero ojalá no se lleve también nuestra convicción de que otra forma de vivir es posible, de que la solidaridad vale mil veces más que la competitividad, y sobre todo, de que el individualismo nos deja desnudos frente al capital, nos hace débiles y fáciles de manejar. Pase lo que pase, fracase o no Podemos, nunca volvamos a olvidar que solo el colectivismo puede salvarnos.

El efecto revolucionario de la bondad

Intuyo, aunque tal vez me equivoque, que pocas veces en la historia ha sido la bondad un valor tan denostado. En una época en la que el éxito se mide por el capital y la riqueza acumulada, donde se nos muestran como héroes a quienes consiguen amasar desproporcionadas fortunas y en la que medrar se considera signo de gran inteligencia, la bondad, la generosidad y el altruismo resultan pesadas cargas. Lo que no genera dividendos, no tiene cabida en el sistema neocapitalista, molesta, y por lo tanto se arrincona y se desprecia. Pero tengo malas noticias para el sistema: los valores económicos son temporales, los valores morales son eternos. No se puede destruir la bondad, porque es intrínseca al corazón del ser humano. La bondad, la solidaridad, la colaboración y el altruismo, son los valores que nos han hecho sobrevivir como especie. Con un corazón lleno de odio, egoísmo y desconfianza, nos hubiésemos extinguido hace miles de años. Nos hubiésemos destruido, exterminado, aniquilado unos a otros. No digo que no exista el mal y no digo que no haya que combatirlo. Lo que digo es que la bondad engendra bondad y que el mal engendra más mal, y por eso, si deseamos vivir en un mundo justo y generoso, lo inteligente es actuar con justicia y generosidad. El bien es contagioso, cuando hacemos el bien a alguien estamos echando a rodar una fuerza que crecerá imparable, como una bola de nieve. La mala noticia es que con el mal ocurre lo mismo. Decía Gandhi, un señor que le arrebató la independencia de la India a los ingleses sin pegar un solo tiro, pero cuyos métodos hoy en día son ridiculizados por algunos: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Si quieres un mundo ruin, egoísta y violento, sé ruin, egoísta y violento.

Por lo tanto, parece más inteligente la bondad que la maldad, a pesar de que algunas corrientes traten de propagar la falacia de que las personas que han tomado la decisión de defender el bien son gente muy estúpida e ingenua. Más bien al contrario, yo diría que lo estúpido es propagar el mal. Aunque pueda generar beneficios a corto plazo a algunas personas, por ejemplo con la venta de armas en caso de guerra. Pero beneficio no es sinónimo de prosperidad, por más que la sociedad actual se lo haya tragado.

Por supuesto que debemos defendernos del mal. Pero al mal no se lo vence con más mal, eso solo extendería la enfermedad, se lo vence con justicia. En España lo hemos hecho maravillosamente, vencimos al terrorismo utilizando la ley, el Estado de derecho. Creo que es algo de lo que no presumimos lo suficiente.

La bondad no es señal de estupidez, es haber comprendido el poder transformador de hacer el bien.  Hay un pasaje literario que expresa maravillosamente este poder transformador de la bondad y es aquel en que el obispo de Los Miserables salva a Jean Valjean de la cárcel, a pesar de haberle robado la cubertería de plata cuando le había dado cobijo. No sólo dice a la policía que ha detenido a Valjean que él mismo le había regalado la cubertería, sino que le da unos candelabros de plata alegando que se los había olvidado. Con este gesto de bondad, el obispo compra el corazón de Jean Valjean para el bien y lo convierte en una buena persona el resto de su vida.

Que la bondad es revolucionaria no lo ha inventado la nueva izquierda, ni siquiera los hippies de los años sesenta. Que la compasión y la justa indignación ante el mal ajeno inspiran el sentimiento de la justicia ya lo dijo Aristóteles, nadie ha inventado nada, son pasiones que llevamos de serie en nuestros corazones.

Hacer el bien, los actos de generosidad, la solidaridad, son el único muro de contención ante el mal. El compromiso con el bien es una decisión que uno debe tomar en su interior y no es desde luego un camino fácil. Exige mucho valor, fortaleza y tenacidad. Ya decía Beethoven que el único símbolo de superioridad que conocía era la bondad.

La máquina perfecta

No le temo al sufragio universal; la gente votará lo que se le diga”. Alexis de Tocqueville

El sistema tiene resortes de sobra para asegurar sus supervivencia por encima de todo. En las conversaciones de Jorge Fernández Díaz  se puede escuchar con claridad cómo utilizan las estructuras del Estado para eliminar a sus adversarios políticos. En esas conversaciones se nombra al Grupo Planeta, que el ministro sugiere que se puede utilizar para filtrar información que perjudica a sus adversarios. Vamos a recordar que al Grupo Planeta pertenece no solo Antena3, sino también La Sexta, una cadena que funciona en clave “progre”, pero cuyo capital tiene exactamente los mismos intereses que, por ejemplo, La Razón. Ambos medios pueden utilizarse para filtrar la información que uno quiera, pero a distintos públicos. Si lo publicas en La Razón, se lo creen los carcas, si lo cuentas en Al Rojo vivo, se lo creen los progres. El Grupo Planeta es una maquinaria de propaganda perfecta. Puedes colar todos los mensajes que quieras a la población, e incluso meterles el miedo y la desconfianza en el cuerpo hacia determinada formación política que no conviene a tus intereses. Lo que le conviene a La Sexta, como a Antena 3, como a El País, como a La Ser, a Cuatro y por supuesto al Banco Santander y compañía, por poner un puñado de ejemplos, es que se mantenga el bipartidismo, que el poder no salga de las manos de PP y PSOE de ninguna manera. Pero si en La Sexta o en La Ser dicen esto abiertamente, los progres dejarían de escucharlas y perderían su influencia sobre ese sector del país. Así que dan una de cal y otra de arena, hacen un doble juego, pero siempre dejando el sabor de boca final de que el #PPSOE no es tan mala cosa. Hablamos de medios que siguen los rojos, luego tenemos los abiertamente de derechas, como La Razón, el ABC, 13TV, la COPE… Ahí no tienen ni que disimular, caña al mono que es de goma. Comunistas, terroristas, titiriteros… Todos los medios de comunicación mainstream han puesto a funcionar su maquinaria durante los últimos meses para llevar a la población a votar mayoritariamente por sostener el bipartidismo, como así ha ocurrido finalmente. Aún así, milagrosamente, más de 5 millones de ciudadanos han escapado a esa influencia y han votado a Unidos Podemos. No sé ni cómo ha podido ocurrir. Pero ahí están, 71 escaños como 71 soles a pesar de tener en contra y funcionando a todo gas la maquinaria y las alcantarillas del Estado. Si me lo dicen el verano pasado, no me lo creo.