Los locos locos votantes de Trump

trump-cover-finalLos “blancos pobres” de zonas rurales han votado a Trump, y ahora  los pijos estadounidenses se echan las manos a la cabeza. Los actores de Hollywood, las élites culturales y esa gente tan cool de Manhattan… 

El jueves pasado, el periodista del Washington Post Ed O’Keefe, trataba de explicar en el XVIII Congreso de Periodismo Digital de Huesca la inesperada victoria de Trump en las últimas elecciones estadounidenses. Mencionó que había que cambiar el sistema de encuestas, porque no había funcionado, y aventuró que los votantes de Hillary no fueron a votar porque estaban muy seguros de que Trump perdería. Se diría que EEUU todavía está bajo el estado de shock de la inesperada llegada al gobierno de Trump, y que ni los corresponsales políticos son capaces de explicar muy bien lo ocurrido. Supongo que tener a un tarado tramposo como Trump de presidente debe de parecerles una pesadilla de la que todavía podrían despertarse en algún momento.

Ed O’Keefe explicó que lo que finalmente dio la victoria a Trump fue conquistar los estados del cinturón de óxido, una zona castigadísima por la desindustrialización, el paro, el cierre de minas… que habitualmente dominaban los demócratas, supuestamente el partido de los trabajadores. Trabajadores en muchos casos desempleados y acuciados por la pobreza, que sienten que el Partido Demócrata no ha hecho nada por ellos.

En una entrevista en The Guardian publicada por eldiario.es, Bernie Sanders se pregunta: ¿Cómo diantres es posible que el Partido Demócrata, el partido de los trabajadores, haya cedido tanto terreno político para que un multimillonario (Trump) se pueda poner de pie frente a otros multimillonarios en el hotel Waldorf y simular que es el gran defensor de los obreros siderúrgicos?”

Los blancos pobres de zonas rurales han votado a Trump, y los pijos estadounidenses se echan las manos a la cabeza. Los actores de Hollywood, las élites culturales, la gente cool de Manhattan… incluso algunos mexicanos muy bien situados en la escala social y económica entienden la victoria de Trump como una desgracia que nunca debió ocurrir. Cuando los escucho, me pregunto si antes de que esos blancos pobres sin estudios inclinaran la balanza de su destino se preocuparon alguna vez por la situación de pobreza en que la desigualdad los estaba hundiendo. Me pregunto si ellos, desde sus lujosas casas con servicio doméstico y sus universidades privadas pensaron alguna vez en los 46 millones de compatriotas que viven por debajo del umbral de la pobreza, un 15% de la población. Probablemente no, porque probablemente siempre pensaron que ése era un problema que no iba con ellos y, como la derecha ha ganado la guerra del discurso, probablemente están convencidos de que esos pobres merecen su pobreza por holgazanes e incapaces.

La desigualdad no suele importarles a los que viven en la cara rica de la moneda, pero debería. Porque la desigualdad afecta a la sociedad en su conjunto. No puedes abstraerte de toda esa pobreza, de que millones de personas en tu país no tengan ninguna oportunidad de salir de ella, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos. No puedes abstraerte de que uno de cada cinco niños pase hambre en tu país, aunque los tuyos vayan a estar sobrealimentados toda su vida. Porque la pobreza siempre llama a tu puerta: en forma de inseguridad, en forma de disturbios, o en forma de un monstruo llamado Trump.

Pérez-Reverte no es tan machote

Qué pereza los machotes, Señor, qué pereza. Que siempre parece que se han extinguido y de repente te encuentras uno en el lugar más insospechado. Por ejemplo, en la librería o en el suplemento semanal del periódico. Porque hasta en las letras nos florecen los machotes. Le llaman “prosa cipotuda” y su máximo exponente es el nunca suficientemente ponderado Arturo Pérez-Reverte. Sí, el varón dandy de las letras.

Los escritores machotes son esos que se están tomando un vino en el bar del barrio con todos los permisos de Sanidad en regla, ensaladilla y tortilla de patatas en las vitrinas, y te lo cuentan que parecen el mismísimo Bukowski en una espiral de vómito y destrucción. Que si el trago de whisky, que si el camarero confidente, que si el desgarro vital. Luego pagan, dejan propina y se van a la cama en pijama después de lavarse los dientes. Se han instalado en la paja mental de una vida de canallas que se arrastran por el fango, pero luego se untan mermelada sin azúcar en la tostada integral y miran la fecha de caducidad de los yogures.

Estos tienen de machotes lo que yo de nadadora de sincronizada. Y de machotes sé un rato largo, que estuve diez años con un “paraca” que se ejercitaba por las mañanas haciendo flexiones con un CETME. Lo juro. Flexiones, abdominales y sentadillas sujetando un CETME, mientras yo hacía el saludo al sol sobre una esterilla de yoga. Y cuando iba al campo se quitaba las garrapatas quemándolas con un cigarro. Así que a mí me vais a explicar lo que es un machote.

Desconozco en qué momento el flacucho de Pérez-Reverte nos convenció de que era una olla a presión de testosterona, pero es un fraude estratosférico. Porque ya os lo voy diciendo, Reverte tiene pinta de cualquier cosa menos de exudar masculinidad por todos sus poros. No creo ni que se afeite a navaja. Pero Arturo, hombre astuto, consciente de que con su aspecto de cagapoquito no iba a levantar una falda en su vida, se montó un personaje que bebía whisky, decía tacos y expulsaba exabruptos machistas a tutiplén. ¿Qué podía salir mal?

Arturo el cipotudo posa con posturitas de macho, la pelvis siempre en primer plano y mirando a cámara con los ojos entrecerrados en plan miope, que es como lo de poner morritos pero en machote. Y amorrado a una botella recuerda con nostalgia cómo eran las mujeres de antes, que por cierto jamás conoció. Las Ava Gardner o las Grace Kelly de los pósteres con los que se le ponía el alatriste contento de adolescente. Nada que ver con las de ahora, que somos unas ordinarias y no satisfacemos sus exigencias estéticas de medias con costura y tacones, ni meneamos las caderas por la calle para su deleite y el de sus amigotes, como él estima que sería de justicia.

Yo a los Reverte los conozco, los conocemos todas. Es el que se sienta a la barra exhibiendo con mucha posturita la profundidad de su ser atormentado, dándole muchas vueltas a los hielos del whisky. El que de vez en cuando te mira de reojo para ver si estás impresionada. El que empieza tratándote de usted y cuándo le rechazas una copa te dice “pues tampoco eres tan guapa, so ordinaria”. Es lo que tienen los personajes, que son solo eso, un personaje.

La revolución tecnológica del amor

La tecnología lo invade todo, lo transforma todo, e incluso aquellas áreas que parecen discurrir por sendas menos prosaicas y más cálidas, las de las relaciones personales y los sentimientos, se han visto asaltadas por la invasión de las nuevas tecnologías: Bienvenidos al amor 2.0.

Las redes sociales han cambiado la forma de encontrarnos, de conocernos, de amar y hasta de olvidar. Y probablemente se trate de un proceso todavía incipiente, que crecerá exponencialmente y que hará que se tambaleen las reglas y los códigos hasta ahora conocidos de los romances. De nada vale resistirse o negarlo, la revolución tecnológica del amor ya es imparable.

Y sin embargo, el día que una de mis amigas más guapas, jóvenes, simpáticas y profesionalmente exitosas me contó con toda naturalidad que tenía perfil en Tinder, se me movieron los cimientos. Una de las ventajas que ella le encontraba a este sistema era no tener que estar de copas hasta las tantas, ya que podía conocer gente y concertar citas a través de la aplicación desde el sofá de su casa y con la mascarilla puesta. Esa misma noche abrí mi propio perfil. Los días que duró mi experiencia en Tinder antes de salir escopetada darían para una serie completa de artículos, pero eso es otra historia.

Tal vez, como mi amiga me señaló, Tinder acabe siendo una red social más donde esté todo el mundo. Pero la sensación que yo extraje de esos pocos días fue que, hoy por hoy, lo que tienes más probabilidades de encontrarte ahí dentro son depredadores. No digo que no haya algún mirlo blanco, pero no creo que el entorno y la filosofía de la aplicación propicien que lo encuentres.

En definitiva, el romance 2.0 es poco romántico y está tomado por esa clase de gente que consume personas compulsivamente, como quien enciende un cigarro con otro. Me imagino a esa gente como un niño con una caja de bombones, abriendo impacientemente uno tras otro para chupar la cobertura de chocolate, pero escupiéndolos todos antes de llegar al relleno.

Los románticos no somos bien acogidos – por ahora – en las nuevas tecnologías, porque lejos de esos impulsos frenéticos, tendemos a aproximarnos a cada persona que conocemos como si fuese un continente nuevo por explorar, como si arribásemos sin equipaje y con la curiosidad entre los dientes a las playas de un país desconocido y misterioso. No escupimos los bombones, no encendemos un cigarro con otro. Más bien seleccionamos cuidadosamente el tabaco adecuado, disfrutamos liándolo con mucha ceremonia y luego guardamos el cigarrillo celosamente a la espera del momento perfecto para disfrutarlo. Con quien nunca ha sido amado así, tiene una deuda la vida, y en vano puede buscar en Tinder quien se la satisfaga.

Lavar el coche los domingos

A mí la vida no me da para tanto

no me da para ir a la oficina todos los días,

para acarrear comida del supermercado a la nevera.

Para leer los clásicos,

para dar 10.000 pasos diarios,

para mirarte de reojo.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

No me da para bajar la basura todas las noches.

Para escribir un blog,

para descubrir poetas,

para acabar de convencerte.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

Para ir depilada,

para lavar el coche los domingos,

para bailar desnuda con los lobos,

para vaciar el tendedero antes de la lluvia.

 

A mí es que la vida no me da para tanto.

No me da para hacer dieta,

para hacerme todas las revisiones,

para apuntarme a yoga.

A mí la vida no me da para casi nada.

Pero sobre todo, sobre todas las cosas,

la vida no me da para esperarte.

Ojalá nunca más el individualismo

Las crisis -las económicas, las políticas, las personales, las emocionales- aportan una receptividad inigualable para aprender, para advertir lo que durante las épocas de bonanza nos pasa inadvertido. Se aprende de las derrotas mucho más que de las victorias, a pocas luces que uno tenga. Normalmente, si no hay crisis, no hay lugar para la reflexión.

Aprendimos muchas cosas cuando la crisis tambaleó la economía y con ello la sociedad española. El sufrimiento de tanta gente nos hizo replantearnos, no solo el sistema financiero o los entramados políticos que se habían instalado, sino también nuestras propias actitudes y formas de vida, nuestros valores y nuestra ideología. Así, la crisis trajo consigo un renovado interés de los españoles por la política, algo que de haber existido en las épocas de bonanza, tal vez hubiera evitado el desmadre en el que vivieron los partidos y en el que se gestó la putrefacción del sistema.

Muchísimos jóvenes descubrieron la política en esa época, cuando se rompió la promesa de prosperidad y abundancia en que habían sido criados, y buscaron respuestas a su situación, interesándose en un instrumento que antes no les tenía utilidad, y en muchos casos cristalizando en alguno de los movimientos 15M.

De la crisis, del hartazgo y de todo este renovado interés de los jóvenes españoles por la política, nació también Podemos. El recorrido que tendrá este novísimo partido político, no me atrevo de ninguna manera a anticiparlo. Si falla, se llevará por el sumidero las esperanzas de millones de españoles de poder abrir una brecha en este sistema corrupto y deshumanizado, de que algo cambie. Pero ojalá no se lleve también nuestra convicción de que otra forma de vivir es posible, de que la solidaridad vale mil veces más que la competitividad, y sobre todo, de que el individualismo nos deja desnudos frente al capital, nos hace débiles y fáciles de manejar. Pase lo que pase, fracase o no Podemos, nunca volvamos a olvidar que solo el colectivismo puede salvarnos.

El efecto revolucionario de la bondad

Intuyo, aunque tal vez me equivoque, que pocas veces en la historia ha sido la bondad un valor tan denostado. En una época en la que el éxito se mide por el capital y la riqueza acumulada, donde se nos muestran como héroes a quienes consiguen amasar desproporcionadas fortunas y en la que medrar se considera signo de gran inteligencia, la bondad, la generosidad y el altruismo resultan pesadas cargas. Lo que no genera dividendos, no tiene cabida en el sistema neocapitalista, molesta, y por lo tanto se arrincona y se desprecia. Pero tengo malas noticias para el sistema: los valores económicos son temporales, los valores morales son eternos. No se puede destruir la bondad, porque es intrínseca al corazón del ser humano. La bondad, la solidaridad, la colaboración y el altruismo, son los valores que nos han hecho sobrevivir como especie. Con un corazón lleno de odio, egoísmo y desconfianza, nos hubiésemos extinguido hace miles de años. Nos hubiésemos destruido, exterminado, aniquilado unos a otros. No digo que no exista el mal y no digo que no haya que combatirlo. Lo que digo es que la bondad engendra bondad y que el mal engendra más mal, y por eso, si deseamos vivir en un mundo justo y generoso, lo inteligente es actuar con justicia y generosidad. El bien es contagioso, cuando hacemos el bien a alguien estamos echando a rodar una fuerza que crecerá imparable, como una bola de nieve. La mala noticia es que con el mal ocurre lo mismo. Decía Gandhi, un señor que le arrebató la independencia de la India a los ingleses sin pegar un solo tiro, pero cuyos métodos hoy en día son ridiculizados por algunos: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Si quieres un mundo ruin, egoísta y violento, sé ruin, egoísta y violento.

Por lo tanto, parece más inteligente la bondad que la maldad, a pesar de que algunas corrientes traten de propagar la falacia de que las personas que han tomado la decisión de defender el bien son gente muy estúpida e ingenua. Más bien al contrario, yo diría que lo estúpido es propagar el mal. Aunque pueda generar beneficios a corto plazo a algunas personas, por ejemplo con la venta de armas en caso de guerra. Pero beneficio no es sinónimo de prosperidad, por más que la sociedad actual se lo haya tragado.

Por supuesto que debemos defendernos del mal. Pero al mal no se lo vence con más mal, eso solo extendería la enfermedad, se lo vence con justicia. En España lo hemos hecho maravillosamente, vencimos al terrorismo utilizando la ley, el Estado de derecho. Creo que es algo de lo que no presumimos lo suficiente.

La bondad no es señal de estupidez, es haber comprendido el poder transformador de hacer el bien.  Hay un pasaje literario que expresa maravillosamente este poder transformador de la bondad y es aquel en que el obispo de Los Miserables salva a Jean Valjean de la cárcel, a pesar de haberle robado la cubertería de plata cuando le había dado cobijo. No sólo dice a la policía que ha detenido a Valjean que él mismo le había regalado la cubertería, sino que le da unos candelabros de plata alegando que se los había olvidado. Con este gesto de bondad, el obispo compra el corazón de Jean Valjean para el bien y lo convierte en una buena persona el resto de su vida.

Que la bondad es revolucionaria no lo ha inventado la nueva izquierda, ni siquiera los hippies de los años sesenta. Que la compasión y la justa indignación ante el mal ajeno inspiran el sentimiento de la justicia ya lo dijo Aristóteles, nadie ha inventado nada, son pasiones que llevamos de serie en nuestros corazones.

Hacer el bien, los actos de generosidad, la solidaridad, son el único muro de contención ante el mal. El compromiso con el bien es una decisión que uno debe tomar en su interior y no es desde luego un camino fácil. Exige mucho valor, fortaleza y tenacidad. Ya decía Beethoven que el único símbolo de superioridad que conocía era la bondad.

La máquina perfecta

No le temo al sufragio universal; la gente votará lo que se le diga”. Alexis de Tocqueville

El sistema tiene resortes de sobra para asegurar sus supervivencia por encima de todo. En las conversaciones de Jorge Fernández Díaz  se puede escuchar con claridad cómo utilizan las estructuras del Estado para eliminar a sus adversarios políticos. En esas conversaciones se nombra al Grupo Planeta, que el ministro sugiere que se puede utilizar para filtrar información que perjudica a sus adversarios. Vamos a recordar que al Grupo Planeta pertenece no solo Antena3, sino también La Sexta, una cadena que funciona en clave “progre”, pero cuyo capital tiene exactamente los mismos intereses que, por ejemplo, La Razón. Ambos medios pueden utilizarse para filtrar la información que uno quiera, pero a distintos públicos. Si lo publicas en La Razón, se lo creen los carcas, si lo cuentas en Al Rojo vivo, se lo creen los progres. El Grupo Planeta es una maquinaria de propaganda perfecta. Puedes colar todos los mensajes que quieras a la población, e incluso meterles el miedo y la desconfianza en el cuerpo hacia determinada formación política que no conviene a tus intereses. Lo que le conviene a La Sexta, como a Antena 3, como a El País, como a La Ser, a Cuatro y por supuesto al Banco Santander y compañía, por poner un puñado de ejemplos, es que se mantenga el bipartidismo, que el poder no salga de las manos de PP y PSOE de ninguna manera. Pero si en La Sexta o en La Ser dicen esto abiertamente, los progres dejarían de escucharlas y perderían su influencia sobre ese sector del país. Así que dan una de cal y otra de arena, hacen un doble juego, pero siempre dejando el sabor de boca final de que el #PPSOE no es tan mala cosa. Hablamos de medios que siguen los rojos, luego tenemos los abiertamente de derechas, como La Razón, el ABC, 13TV, la COPE… Ahí no tienen ni que disimular, caña al mono que es de goma. Comunistas, terroristas, titiriteros… Todos los medios de comunicación mainstream han puesto a funcionar su maquinaria durante los últimos meses para llevar a la población a votar mayoritariamente por sostener el bipartidismo, como así ha ocurrido finalmente. Aún así, milagrosamente, más de 5 millones de ciudadanos han escapado a esa influencia y han votado a Unidos Podemos. No sé ni cómo ha podido ocurrir. Pero ahí están, 71 escaños como 71 soles a pesar de tener en contra y funcionando a todo gas la maquinaria y las alcantarillas del Estado. Si me lo dicen el verano pasado, no me lo creo.

La ceguera de los esclavos

“Matrix es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad.

-¿Qué verdad?

-Que eres un esclavo, Neo”.

(The Matrix)

 

Siete millones de españoles votaron en las últimas elecciones a un partido manifiestamente corrupto. Votaron a un partido cuyo hedor a corrupción y prácticas deshonestas atufa a kilómetros. Al primer partido político imputado de la historia de la democracia. Un partido cuyo tesorero, que recibió mensajes de apoyo de su presidente a sabiendas de que tenía cuentas en Suiza, pagó 200.000 € para salir de la cárcel. El partido de la Gürtel, de Taula, de la Púnica, de los “volquetes de putas”, de la sede nacional pagada en negro, de las conspiraciones de Jorge Fernández Díaz. El partido que rompió sus discos duros a martillazos cuando se los requirió un juez.

Probablemente algunos de esos votos provienen de personas cuyos intereses encajan con los del partido. Por ejemplo familias económicamente privilegiadas que se benefician de políticas como una amnistía fiscal. Y probablemente haya muchos votos provenientes del clientelismo, contratados a dedo, corruptores que se sirven de políticos corruptos, etc.

Pero siete millones son muchos votos y cabe pensar -cualquiera puede verlo en su entorno- que hay muchísimos trabajadores con dificultades para llegar a fin de mes, que han sido gravemente perjudicados por las políticas del Partido Popular y sin embargo les han votado.

Entiendo la democracia como el pacto que hace una sociedad de respetar el resultado que salga de las urnas, sea el que sea, aunque éste nos resulte incomprensible y lamentable. Y respeto profundamente que cada uno vote lo que le parezca mejor, pero desde luego no puedo evitar sorprenderme y preguntarme cómo es posible que todos esos españoles voten a un partido repugnantemente corrupto, cuyas políticas perjudican a su grupo social, que por cierto es la mayoría: la clase trabajadora.

No puedo evitar preguntarme por la explicación a esta extravagante conducta de una parte de los votantes españoles, y la única respuesta que se me ocurre es que simplemente han elegido tomarse la pastilla azul de Matrix porque es lo menos incómodo. Sospecho que se enchufan a Sálvame y así se ahorran contemplar la realidad. Son personas que se conforman con la versión de los medios mayoritarios -jamás se preguntarán quién está detrás de cada medio-, que carecen de curiosidad y desde luego, de espíritu crítico. Personas que no quieren saber, que prefieren las mentiras cómodas a las verdades incómodas. Gente que se conforma con el editorial de El País o la soflama de Carlos Herrera. Gente que, en el mejor de los casos, lo más intenso que ha leído en su vida es alguna novela de Dan Brown. Y no me acusen de clasismo, conozco gente de apellido compuesto y con carrera que no se pierde Mujeres y hombres y viceversa, o Sálvame. Mi bisabuelo era un hombre de pueblo que se ganaba la vida como cartero, y sin embargo leía y tenía arraigadas ideas políticas. No es una cuestión de clase, es una cuestión de curiosidad, de ganas de saber, de espíritu crítico y mente ávida de conocimientos. De inconformismo y de deseo de encontrar la propia verdad sin que nadie te la dé masticada. El conocimiento está ahí para quien quiera buscarlo, pero nunca lo encontrarán los yonkis de la TV cuyas mentes drogadas por contenidos absurdos y facilones evitan el más mínimo esfuerzo intelectual. Quien no piensa por sí mismo, no puede ser sino un esclavo.

 

La máquina perfecta

Por mucho que miro, yo a Podemos no le encuentro la derrota por ninguna parte. En todo caso, en haber asumido sin dudarlo el relato de que ha sufrido una derrota. Si hace tres años me dicen que una nueva fuerza política iba a conseguir 71 escaños y que haría sentir al PSOE el aliento en el cogote, me hubiera parecido ciencia ficción. Pero ahí están, revalidando en junio lo conseguido en diciembre. Y no era fácil, porque todos sabíamos que no se lo iban a poner fácil. El verano pasado, hablando con el director de un medio de comunicación, me aseguraba que jamás se iba a permitir que Podemos ganara unas elecciones, que estaba convencido de que desde ese momento se estaba realizando una minuciosa búsqueda de cualquier cosa en el pasado de la cúpula de Podemos que pudieran utilizar en su contra. Y que no importaba que no existiera nada, porque entonces lo inventarían, y que si tenían que montarle a Iglesias un caso de pederastia, se lo montarían. Tal cual me lo dijo, con esas palabras, y además lo asumía con mucha naturalidad.

No le temo al sufragio universal; la gente votará lo que se le diga”. Alexis de Tocqueville

Que se presenten a las elecciones, dijeron. Lo dijeron porque pensaban que aquellos “perroflautas” nunca se presentarían. Y si se presentaban, el sistema tenía resortes de sobra para aplastarlos. Y los tiene, solo hay que escuchar las conversaciones de Jorge Fernández Díaz sobre cómo utilizan las estructuras del Estado para eliminar a sus adversarios políticos. En esas conversaciones se nombra al Grupo Planeta, que el ministro sugiere que se puede utilizar para filtrar información que perjudica a sus adversarios. Vamos a recordar que al Grupo Planeta pertenece no solo Antena3, sino también La Sexta, una cadena que funciona en clave “progre”, pero cuyo capital tiene exactamente los mismos intereses que, por ejemplo, La Razón. Ambos medios pueden utilizarse para filtrar la información que uno quiera, pero a distintos públicos. Si lo publicas en La Razón, se lo creen los carcas, si lo cuentas en Al Rojo vivo, se lo creen los progres. El Grupo Planeta es una maquinaria de propaganda perfecta. Puedes colar todos los mensajes que quieras a la población, e incluso meterles el miedo y la desconfianza en el cuerpo hacia determinada formación política que no conviene a tus intereses. Lo que le conviene a La Sexta, como a Antena 3, como a El País, como a La Ser, a Cuatro y por supuesto al Banco Santander y compañía, por poner un puñado de ejemplos, es que se mantenga el bipartidismo, que el poder no salga de las manos de PP y PSOE de ninguna manera. Pero si en La Sexta o en La Ser dicen esto abiertamente, los progres dejarían de escucharlas y perderían su influencia sobre ese sector del país. Así que dan una de cal y otra de arena, hacen un doble juego, pero siempre dejando el sabor de boca final de que el #PPSOE no es tan mala cosa. Hablamos de medios que siguen los rojos, luego tenemos los abiertamente de derechas, como La Razón, el ABC, 13TV, la COPE… Ahí no tienen ni que disimular, caña al mono que es de goma. Comunistas, terroristas, titiriteros… Todos los medios de comunicación mainstream han puesto a funcionar su maquinaria durante los últimos meses para llevar a la población a votar mayoritariamente por sostener el bipartidismo, como así ha ocurrido finalmente. Aún así, milagrosamente, más de 5 millones de ciudadanos han escapado a esa influencia y han votado a Unidos Podemos. No sé ni cómo ha podido ocurrir. Pero ahí están, 71 escaños como 71 soles a pesar de tener en contra y funcionando a todo gas la maquinaria y las alcantarillas del Estado. Si me lo dicen el verano pasado, no me lo creo.

Venezuela, ¡chupito!

Decir Venezuela es decir mucho. Es decir que se tiene miedo a las ideas del adversario político, que se quieren evitar temas incómodos que afectan a uno mismo o al propio partido, que uno carece de propuestas creíbles y que las pocas que puede haber tenido están quemadas. Venezuela no es una forma de ataque, es en realidad una estrategia defensiva.
Cuando un candidato o alguno de sus escuderos utilizan la palabra Venezuela no están en realidad atacando a Podemos, se están defendiendo. Están ocupando todo el tiempo que puedan de su intervención hablando de algo simplemente para no tener que enfrentar preguntas incómodas o dar explicaciones sobre sus cada vez más nauseabundos casos de corrupción, sus incoherencias o sus pactos absurdos.
Un debate debería ser una oportunidad de explicar a los ciudadanos las propuestas que uno tiene, las ideas que defiende, el proyecto de futuro en el que quiere trabajar. Si un candidato elude dar este tipo de explicaciones y pierde el tiempo en hablar de un país que no nos toca en nada, estando España en un momento político tan crítico, hay que sospechar.
Es evidente que sacar el tema de Venezuela no les va a reportar ni un sólo voto extra, y quienes lo usan lo saben. Porque aquí a nadie le importa en realidad un carajo lo que ocurra en aquel país. Y excepto personas extremadamente simples (a quienes ya se supone totalmente atrapadas por el discurso único que les dictan los telediarios) nadie podría tomarse muy en serio la estrategia de sacar a relucir en un debate el mantra de Venezuela. Desde luego que los muy sectarios, cuyo voto antiPodemos ya tienen esos partidos más que garantizado, aplauden con las orejas cada vez que oyen Venezuela, aunque sea en un concurso de misses, pero su voto no va a cambiar, solo sirve para su propio alborozo.
Esta noche parece que en el debate a dos de Salvados Albert Rivera va a sacar hasta la náusea el comodín de Venezuela. Por no decir hasta lo bufonesco, porque el nivel intelectual de las intervenciones que hemos visto en los cortes publicitarios son propios de un espectador zombi de MyHyV. Hay que preguntarse por qué Rivera renuncia esta noche a debatir políticas para nuestro país y pierde el tiempo en interrumpir a su oponente con comentarios chorras. Tal vez sienta que ya no puede disimular más su escasa estatura política. En mi modesta opinión, Rivera es un tipo que no se puede salir mucho del guión porque enseguida tiene deslices que dejan en evidencia sus carencias, las de quien se ha centrado únicamente en estudiar materias que le pudieran resultar económicamente rentables algún día. Lamentablemente, una tendencia de nuestro sistema educativo: abandonar cualquier asignatura que no resulte monetizable. ¿Para qué querría alguien estudiar hoy en día filosofía? Para no ser un castillo de naipes. Para tener solidez en los argumentos. Para no tener que despistar a los espectadores diciendo Venezuela.