Instrucciones para besar a un hombre

Elíjase a un hombre al gusto. Es conveniente que su altura sea superior a la de la interesada en unos centímetros, de manera que haya de estirarse levemente para alcanzar sus labios, ya que resultará una postura más elegante que si hay que alcanzarlos agachándose.
Se recomienda tener los labios acondicionados para la ocasión. Deben estar suaves y ligeramente húmedos, aunque nunca en exceso. El uso o no de algún carmín queda a elección de la interesada, pero debe tener en cuenta que un color demasiado intenso dejará marcas evidentes en los labios del hombre en cuestión.
No es necesario advertir al hombre verbalmente de que va a ser besado, pero es aconsejable hacérselo notar mediante el lenguaje corporal. Lo más habitual es comunicárselo con la mirada.
Aunque es de esperar que el hombre se muestre colaborador, puede ser conveniente asirlo de alguna manera durante la operación. Una opción es sostener su rostro entre las manos mientras se le besa, o colocar una mano con suavidad tras su nuca. También se le puede asir de las solapas, o utilizar la corbata, si la usara, para atraerlo hacia la interesada. Para esto sólo debe sujetar la corbata con una mano y tirar de ella hacia sí, a ser posible estableciendo a la vez contacto visual.
Una vez tenemos al hombre bien asegurado, acercarse lentamente dirigiendo la mirada a sus labios. Girar ligeramente la cabeza cuando estemos a pocos centímetros. Apoyar los labios en los del hombre, con suavidad pero con firmeza. La experiencia mejora si al hacerlo se cierran los ojos.

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Encuentros extraños

Me miras con la suficiencia de quien se sabe en el equipo ganador. No cabe esperar otro desenlace que el triunfo de los tuyos sobre los míos, o la prolongación del triunfo, para ser más rigurosos. Que para eso las reglas están hechas a vuestra medida, que para eso tenéis los recursos, el dinero, la formación, la estructura a medida para seguir engordando vuestros intereses, que son siempre los mismos, siempre el mismo, la acumulación de capital.

Me divierte verte hipnotizado por mis excéntricas convicciones. Tratas de calibrar mi candidez, evitando cualquier movimiento brusco que me ahuyente.

Los tuyos sangran a los míos. Los míos somos todos, todos menos los tramposos, los codiciosos, los que se entregan a orgías de corrupción, los que usan el liberalismo como una biblia con la que entran en los hogares para poder saquearlos.

Dices que tú y yo estamos del mismo lado, y mis ojos de gacela se endurecen. Finges estar convencido de que se trata de juego limpio. La ilusión es que cualquiera puede llegar a estar en el limitado grupo de los privilegiados. Pero es una ilusión, aunque muchos incautos creen que si se esfuerzan lo suficiente, si trabajan lo suficiente, si son lo suficientemente listos, innovadores, astutos, competitivos, productivos, emprendedores… llegarán a saltar la valla de alambre de espino y se colocarán del lado de los privilegiados. Pero es sólo una ilusión, esto va por castas, y la casta de los privilegiados está bautizada con el fango de la podredumbre moral, de la abyecta codicia, del egoísmo desmedido, del desprecio del bien común.

Te hablo de la belleza del concepto del bien común, y tú finges escuchar con atención. Mi discurso no te toca en ningún momento, blindado mentalmente contra cualquier pensamiento crítico con las estructuras que te sitúan en el equipo ganador, pero disfrutas escuchando cómo defiendo con pasión mis excéntricas convicciones. Es una hermosa imagen, irresistible para quien ha sustituido la pasión de vivir por la compulsión de acumular privilegios y violar el sistema. Tal vez, piensas, podrías absorber de mis labios un poco de esa pasión, o vampirizarla poniendo tu boca en mi cuello.

Y entonces caigo en la cuenta de que venceremos, es inevitable que venzamos. Porque la vida va de eso, de pasión y emoción, desde las amebas hasta nosotros dos. Porque está en la naturaleza que la vida triunfe, la vida siempre gana al final todas las batallas. No ha habido peste en el mundo, por muy terrible y destructiva que haya sido, que no fuese finalmente derrotada por la vida. Y vosotros, querido triunfador del otro lado de la valla, vosotros no sois más que una nueva peste.