Pérez-Reverte no es tan machote

Qué pereza los machotes, Señor, qué pereza. Que siempre parece que se han extinguido y de repente te encuentras uno en el lugar más insospechado. Por ejemplo, en la librería o en el suplemento semanal del periódico. Porque hasta en las letras nos florecen los machotes. Le llaman “prosa cipotuda” y su máximo exponente es el nunca suficientemente ponderado Arturo Pérez-Reverte. Sí, el varón dandy de las letras.

Los escritores machotes son esos que se están tomando un vino en el bar del barrio con todos los permisos de Sanidad en regla, ensaladilla y tortilla de patatas en las vitrinas, y te lo cuentan que parecen el mismísimo Bukowski en una espiral de vómito y destrucción. Que si el trago de whisky, que si el camarero confidente, que si el desgarro vital. Luego pagan, dejan propina y se van a la cama en pijama después de lavarse los dientes. Se han instalado en la paja mental de una vida de canallas que se arrastran por el fango, pero luego se untan mermelada sin azúcar en la tostada integral y miran la fecha de caducidad de los yogures.

Estos tienen de machotes lo que yo de nadadora de sincronizada. Y de machotes sé un rato largo, que estuve diez años con un “paraca” que se ejercitaba por las mañanas haciendo flexiones con un CETME. Lo juro. Flexiones, abdominales y sentadillas sujetando un CETME, mientras yo hacía el saludo al sol sobre una esterilla de yoga. Y cuando iba al campo se quitaba las garrapatas quemándolas con un cigarro. Así que a mí me vais a explicar lo que es un machote.

Desconozco en qué momento el flacucho de Pérez-Reverte nos convenció de que era una olla a presión de testosterona, pero es un fraude estratosférico. Porque ya os lo voy diciendo, Reverte tiene pinta de cualquier cosa menos de exudar masculinidad por todos sus poros. No creo ni que se afeite a navaja. Pero Arturo, hombre astuto, consciente de que con su aspecto de cagapoquito no iba a levantar una falda en su vida, se montó un personaje que bebía whisky, decía tacos y expulsaba exabruptos machistas a tutiplén. ¿Qué podía salir mal?

Arturo el cipotudo posa con posturitas de macho, la pelvis siempre en primer plano y mirando a cámara con los ojos entrecerrados en plan miope, que es como lo de poner morritos pero en machote. Y amorrado a una botella recuerda con nostalgia cómo eran las mujeres de antes, que por cierto jamás conoció. Las Ava Gardner o las Grace Kelly de los pósteres con los que se le ponía el alatriste contento de adolescente. Nada que ver con las de ahora, que somos unas ordinarias y no satisfacemos sus exigencias estéticas de medias con costura y tacones, ni meneamos las caderas por la calle para su deleite y el de sus amigotes, como él estima que sería de justicia.

Yo a los Reverte los conozco, los conocemos todas. Es el que se sienta a la barra exhibiendo con mucha posturita la profundidad de su ser atormentado, dándole muchas vueltas a los hielos del whisky. El que de vez en cuando te mira de reojo para ver si estás impresionada. El que empieza tratándote de usted y cuándo le rechazas una copa te dice “pues tampoco eres tan guapa, so ordinaria”. Es lo que tienen los personajes, que son solo eso, un personaje.

La revolución tecnológica del amor

La tecnología lo invade todo, lo transforma todo, e incluso aquellas áreas que parecen discurrir por sendas menos prosaicas y más cálidas, las de las relaciones personales y los sentimientos, se han visto asaltadas por la invasión de las nuevas tecnologías: Bienvenidos al amor 2.0.

Las redes sociales han cambiado la forma de encontrarnos, de conocernos, de amar y hasta de olvidar. Y probablemente se trate de un proceso todavía incipiente, que crecerá exponencialmente y que hará que se tambaleen las reglas y los códigos hasta ahora conocidos de los romances. De nada vale resistirse o negarlo, la revolución tecnológica del amor ya es imparable.

Y sin embargo, el día que una de mis amigas más guapas, jóvenes, simpáticas y profesionalmente exitosas me contó con toda naturalidad que tenía perfil en Tinder, se me movieron los cimientos. Una de las ventajas que ella le encontraba a este sistema era no tener que estar de copas hasta las tantas, ya que podía conocer gente y concertar citas a través de la aplicación desde el sofá de su casa y con la mascarilla puesta. Esa misma noche abrí mi propio perfil. Los días que duró mi experiencia en Tinder antes de salir escopetada darían para una serie completa de artículos, pero eso es otra historia.

Tal vez, como mi amiga me señaló, Tinder acabe siendo una red social más donde esté todo el mundo. Pero la sensación que yo extraje de esos pocos días fue que, hoy por hoy, lo que tienes más probabilidades de encontrarte ahí dentro son depredadores. No digo que no haya algún mirlo blanco, pero no creo que el entorno y la filosofía de la aplicación propicien que lo encuentres.

En definitiva, el romance 2.0 es poco romántico y está tomado por esa clase de gente que consume personas compulsivamente, como quien enciende un cigarro con otro. Me imagino a esa gente como un niño con una caja de bombones, abriendo impacientemente uno tras otro para chupar la cobertura de chocolate, pero escupiéndolos todos antes de llegar al relleno.

Los románticos no somos bien acogidos – por ahora – en las nuevas tecnologías, porque lejos de esos impulsos frenéticos, tendemos a aproximarnos a cada persona que conocemos como si fuese un continente nuevo por explorar, como si arribásemos sin equipaje y con la curiosidad entre los dientes a las playas de un país desconocido y misterioso. No escupimos los bombones, no encendemos un cigarro con otro. Más bien seleccionamos cuidadosamente el tabaco adecuado, disfrutamos liándolo con mucha ceremonia y luego guardamos el cigarrillo celosamente a la espera del momento perfecto para disfrutarlo. Con quien nunca ha sido amado así, tiene una deuda la vida, y en vano puede buscar en Tinder quien se la satisfaga.