Un ornitólogo triste

El niño está en el jardín sentado sobre la hierba. No alcanza a sentarse sobre una de las sillas de mimbre. Escucha entusiasmado el canto de los pájaros, le parece que se contestan entre sí, como pequeños tenores que se retasen unos a otros. Cada trino es como una pequeña aria que trata de superar, tal vez completar, el aria del artista precedente. Se tumba completamente sobre la hierba. Aún absorto en los trinos, disfruta del rayo de luz que atraviesa las hojas bailarinas de los árboles, y su pequeño pecho siente una punzada que no sabe todavía nombrar. Es la punzada de inmortalidad que nos asestan los momentos de belleza.

Su padre entra al jardín y el niño se alegra mucho al verlo. El padre lo levanta del césped y lo sube a la silla de mimbre. Las piernas del niño quedan colgando, sus pequeños pies no llegan a tocar la hierba. El padre pregunta qué hacía solo en el jardín, y el niño contesta que escuchaba el canto de los pájaros.

-¡Oh, eso es estupendo! Te enseñaré a reconocerlos. ¿Escuchas ése? ¡Es un petirrojo! ¿Y ese otro? ¿Sabes cuál es? ¡Un ruiseñor! ¿Crees que podrías reconocerlo?

El niño escucha atento, y aprende a identificar a cada pájaro por su canto. A partir de ese momento, siempre que escuche un trino, su obsesión será identificar la especie que canta. Saldrá muchas tardes al jardín, para practicar su nueva habilidad. Con el tiempo se hará metódico en su tarea, llevando incluso una libreta con todo tipo de anotaciones. El niño de mayor será ornitólogo. Un gran ornitólogo. El niño ya nunca volverá a sentir en su pecho, al escuchar los pájaros, la punzada de la belleza.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s