Recomendaciones para un amor sin muertos

No quiero ver tu nombre en las esquelas. No quiero que seas una más en la estadística. No quiero ver cómo abren el telediario con tu cadáver tendido en el suelo. No quiero sentir que la rabia me muerde las entrañas cuando escuche la noticia. Por eso debes ser lista, debes estar muy atenta a las señales y no cometer errores. Debes aprender a diferenciar el amor de la dependencia, debes grabarte a fuego que tú no tienes dueño, que a nadie perteneces si no es a ti misma. Porque hay tantos hombres maravillosos ahí fuera, que es una lástima ir a caer en manos de uno de esos pocos seres cobardes, débiles e inseguros que, no lo dudes, antes o después te acabará matando.

Sé económicamente independiente. Aunque él tenga un buen trabajo, o mucho dinero, y tú un pequeño sueldo que ganas con mucho esfuerzo. Por pequeño que sea, te dará el valor y la libertad de irte dando un portazo si las cosas se ponen feas. Ser autosuficiente hará que tu dignidad y tu integridad física no tengan precio. El dinero nos subyuga, nos hace dependientes. Nunca dependas del dinero de otro.

Lo primero que intentará será aislarte, romper tu relación con el mundo. Jamás consientas que te aleje de la gente que te quiere, de tus amigos y amigas de siempre, de tu familia, de tus compañeros del trabajo. Esfuérzate por mantener vivos tus vínculos sociales, ellos te hacen más fuerte. Y aprende a amar la soledad. Sé tu mejor amiga y valora tu propia compañía. Quién está a gusto consigo misma, nunca está sola.

No permitas que nadie te diga que te calles, ni que ridiculice tus opiniones. Que nadie silencie nunca tu voz, porque sin ella nuestro coro está incompleto. Tienes derecho a hablar, a expresarte y a ser escuchada, a tener opiniones propias aunque al otro le resulten incómodas. No toleres que te insulte, ni que te falte al respeto, y desde luego, no consientas que te levante la mano. Ni siquiera una vez, ni aunque no llegue a pegarte, ni aunque esté pasando una mala racha. Ni aunque luego se disculpe. Si ese hombre te levanta la mano, aunque solo haga el gesto, ten por seguro que algún día, más temprano que tarde, ese puño caerá sobre ti.

Y apréndete de memoria las hermosas palabras de amor con las que se excusará por su comportamiento, porque vas a oírlas muchas veces. Las oirás después del primer insulto y después de la primera bofetada. Las oirás después del primer puñetazo, y también después de la primera paliza que te mande al hospital. Es probable que también las pronuncie cuando ya estés muerta, cuando tu cuerpo sin vida yazca en una calle de tu barrio.

No permitas que nadie decida cómo debes vestirte, o qué talla debes usar, o cuál debe ser tu peso. Si quiere jugar a las muñecas, que se compre una Barbie. Si un día te dice que esa falda es demasiado corta, al día siguiente te pones una más corta todavía.

Mantén vivas tus pasiones, tus gustos, tus aficiones. Si escuchabas jazz, escucha jazz. Si te gustaba el teatro, ve al teatro. Si amabas la poesía, lee poesía.

Cuídate. Sé feliz. Haz feliz a los que te rodean y permite que ellos te hagan feliz a ti. Porque ya lo escribió el poeta José Agustín Goytisolo:

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas

que les ayude tu alegría

tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti

como ahora pienso.

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Arturo, el perro que nunca olvidaremos

A lo largo de nuestra vida tomamos muchas decisiones, unas más afortunadas que otras. A veces, hasta que no nos alejamos mucho y tomamos distancia, no sabemos si la decisión ha sido acertada o no. Tal vez les parezca extraño pero, viéndolo en perspectiva, creo que entre todas las decisiones que yo he tomado en mi vida, una de las mejores ha sido la de adoptar un perro.

Por supuesto, esto debe meditarse mucho, porque les garantizo que sus días, sus rutinas, incluso sus vacaciones y su economía, se verán alteradas si deciden incluir un perro en sus vidas. Sin embargo, si acepta asumir la gran responsabilidad y compromiso que esto supone, descubrirá que se ha hecho usted un gran regalo a sí mismo.

Yo tomé esa decisión por primera vez hace ahora ocho años. Me dirigí al centro Integral de Acogida de Animales de la Comunidad de Madrid, que está en Colmenar Viejo y después de meditarlo me decidí por un cruce de cocker y braco y le puse por nombre Arturo.

Con esa mezcla de razas, la tarea de educarlo no fue fácil. Arturo era un perro inteligentísimo, pero desesperantemente hiperactivo. Caminábamos horas juntos todos los días, y si embargo su energía parecía inagotable. Compré libros de adiestramiento, me armé con paciencia y trocitos de pavo, e hice de él el perro más educado, divertido y obediente que se puedan imaginar. Aunque es verdad que él ya venía con talento natural, porque era muy teatrero y sabía meterse a la gente en el bolsillo.

Arturo me acompañó en muchos momentos maravillosos, en otros complicados y en otros francamente duros, y siempre parecía comprender la situación. Juntos nos fuimos de vacaciones, nos mudamos de casa, conocimos a personas especiales y también perdimos a otras.

Mi pareja de entonces se enfadó bastante cuando le dije que había adoptado un perro mestizo en un refugio. No comprendía que no optase por comprar un perro de raza. Se ofreció a regalarme un cachorro de bóxer si lo devolvía, pero yo soy terca como una mula y le expliqué que Arturo ya era innegociable. Contra todo pronóstico, con el tiempo ellos dos se hicieron inseparables. Paseaban juntos durante horas por el campo, salían a caballo, perseguían conejos, y pasaban largas y frías tardes de invierno delante de la chimenea. El día que mi pareja y yo rompimos nuestra relación, supe que lo mejor que podía hacer por Arturo era permitir que se quedase con él. Y con él se quedó. Me consta que vivieron tiempos muy felices, que ningún perro puede soñar una vida mejor que la que él tuvo, y que además fue un gran consuelo en momentos difíciles para su nuevo dueño. Yo los visitaba de vez en cuando y comprobaba que haber permitido que se quedaran juntos había sido la mejor decisión.

Cuando este verano murió Arturo, su dueño se quedó absolutamente desolado. Fue, sin ninguna duda, un durísimo golpe para él. Quien haya tenido una conexión tan especial con un perro, sabrá a qué me refiero. Al día siguiente de su muerte, sin haber asumido la pérdida, me llamó pidiéndome que le ayudase a encontrar a un perro igual a Arturo. Bastante sorprendida, tuve que explicarle que eso no era posible, que no había en el mundo otro perro igual a Arturo. Supongo que con el tiempo podrá entenderlo.

A quien esté pensando incluir un perro en su vida, le recomiendo encarecidamente que lo adopte en un refugio. Estoy segura de que lo vivirá como una de las mejores decisiones de su vida, y además salvará la vida de dos perros: la del suyo y la del de algún otro que esté vagando hambriento por las calles y que podrá ocupar su vacante en la protectora. Si finalmente lo hace, le propongo un reto, que trate de ser la clase de persona que su perro siempre verá en usted: la mejor persona del mundo.

La revolución tecnológica del amor ya es imparable

Vivimos tiempos extraños, novedosos, cambiantes a velocidad de vértigo. La tecnología avanza a un ritmo nunca visto, y además se introduce en todas las áreas de nuestra existencia. Los nativos digitales lo aceptan como algo natural, mientras que los nacidos en época analógica vamos a tientas probando nuevos entornos, nuevas herramientas, nuevas formas de hacer las cosas, y también nuevas formas de comunicarnos y de proyectarnos. Apenas tenemos tiempo de habituarnos a la última novedad, cuando algún jovenzuelo con espinillas de Sillicon Valley ya nos está presentando la siguiente.
La tecnología lo invade todo, lo transforma todo, e incluso aquellas áreas que parecen discurrir por sendas menos prosaicas y más cálidas, las de las relaciones personales y los sentimientos, se han visto asaltadas por la invasión de las nuevas tecnologías: Bienvenidos al amor 2.0.
Sí, las redes sociales han cambiado la forma de encontrarnos, de conocernos, de amar y hasta de olvidar. Y probablemente se trate de un proceso todavía incipiente, que crecerá exponencialmente y que hará que se tambaleen las reglas y los códigos hasta ahora conocidos de los romances. De nada vale resistirse o negarlo, la revolución tecnológica del amor ya es imparable.
Y sin embargo, el día que una de mis amigas más guapas, jóvenes, simpáticas y profesionalmente exitosas me contó con toda naturalidad que tenía perfil en Tinder, se me movieron los cimientos. Yo intuía el ambiente de Tinder como algo parecido a un discopub cutre a las seis de la mañana, léase con un montón de gente de saldo, tratando a toda costa de rematar la noche teniendo sexo con quien se dejase. Un local en el que aquella joven escultural, de sonrisa perfecta y cabeza excepcionalmente bien amueblada, jamás entraría. Una de las ventajas que ella encontraba en Tinder, era precisamente no tener que estar de copas hasta las tantas, ya que podía estar conociendo gente y concertando citas a través de esta aplicación desde el sofá de su casa y con la mascarilla puesta. Sobra decir que esa misma noche abrí mi propio perfil. Los días que duró mi experiencia en Tinder antes de salir escopetada daría para una serie completa de artículos, pero eso es otra historia.
Es probable que, como mi amiga me señaló, Tinder acabe siendo una red social más donde esté todo el mundo. Pero la sensación que yo extraje de esos pocos días es que, hoy por hoy, lo que tienes más probabilidades de encontrarte ahí dentro son frikis y depredadores. No digo que no haya algún mirlo blanco, pero no creo que el entorno y la filosofía de la aplicación propicien que lo encuentres.
En definitiva, el romance 2.0 es poco romántico y está tomado por esa clase de gente que consume personas compulsivamente, como quien enciende un cigarro con otro. Me imagino a esa gente como un niño con una caja de bombones, abriendo impacientemente uno tras otro para chupar la cobertura de chocolate, pero escupiéndolos todos antes de llegar al relleno.
Los románticos no somos bien acogidos – por ahora – en las nuevas tecnologías, porque lejos de esos impulsos frenéticos, tendemos a aproximarnos a cada persona que conocemos como si fuese un continente nuevo por explorar, como si arribásemos sin equipaje y con la curiosidad entre los dientes a las playas de un país desconocido y misterioso. No escupimos los bombones, no encendemos un cigarro con otro. Más bien seleccionamos cuidadosamente el tabaco adecuado, disfrutamos liándolo con mucha ceremonia y luego guardamos el cigarrillo celosamente a la espera del momento perfecto para disfrutarlo. Con quien nunca ha sido amado así, tiene una deuda la vida, y en vano puede buscar en Tinder quien se la satisfaga.

Las personas inadaptadas mueven el mundo

Los alemanes, si me permiten la generalización, son muy buenos cumpliendo normas. No hace falta que los vigilen, ellos cumplen las normas simplemente porque es lo que hay que hacer.  A los españoles esto siempre nos parece envidiable, muy de países civilizados, eficientes… y sin embargo, muchas veces me he preguntado si es tan bueno cumplir siempre las normas. La desobediencia, la inadaptación, la diferencia, el romper la uniformidad… son conceptos que tienen muy mala prensa. Es verdad que convivir en sociedad implica cumplir un montón de normas, pero también lo es que para el establishment es muy cómodo tenernos siempre calladitos, ordenados, obedientes y alineados.

Tengo entendido que cuando a los soldados nazis que asesinaron a civiles indefensos, hombres, mujeres y niños, fusilados, asfixiados con gas​, muertos por hambre, por trabajos forzados y torturas en los campos de concentración, les preguntaron cómo podían haber hecho algo tan espantoso, se mostraron muy sorprendidos y dijeron que ellos sólo cumplían órdenes. ¿Qué otra cosa podían hacer? Obediencia debida, se llama. No piensas, no cuestionas las órdenes, solo las cumples porque eso es lo que se hace con las órdenes: cumplirlas. Entre otras cosas porque, si no las cumples, podría venirse abajo el sistema… el sistema nazi, en aquel caso. ¿No hubiera sido maravilloso que muchos soldados nazis se hubiesen descolgado como antisistemas? Ojalá hubiesen cuestionado las órdenes, hubiesen desobedecido, se hubiesen rebelado contra las normas. Habría sido bonito. Pero muy pocos alemanes se rebelaron, simplemente aceptaban la situación. Y sin embargo, algunas alemanas sí lo hicieron. Me llaman poderosamente la atención las Protestas de calle Rosenstraße. Que yo sepa, fue la única manifestación que se hizo durante el nazismo. Convendrán conmigo en que hay que echarle muchas narices para manifestarse contra los nazis. Pero 1.800 esposas de 1.800 judíos tuvieron el coraje de no adaptarse, de no obedecer, de no permanecer calladas. Durante una semana estuvieron manifestándose ante el edificio en el que estaban detenidos. La reacción de los nazis fue, contra todo pronóstico, devolverles a sus maridos. Algunos iban ya camino de Auschwitz y se los trajeron de vuelta. Cabe señalar que los nazis no tomaron ningún tipo de represalia.

Si miramos a la Alemania nazi, vemos claramente que estar adaptado al sistema no es necesariamente algo positivo. Como dijo un pensador hindú: “No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad enferma.”

Muchas veces, las personas incapaces de adaptarse han hecho avanzar el mundo. Fue el caso de Rosa Parks, una humilde costurera negra que dio un cambio radical a la historia de su país. En los años 50 los EEUU no eran un lugar amable para los negros. Existía una cosa que se llamaba “segregación racial”, que quería decir que los negros no podían compartir espacios públicos con los blancos. No podían ir a las mismas escuelas, no podían tomar café en las mismas cafeterías, ni podían sentarse con los blancos en los autobuses.  Pero un día, Rosa Parks, la humilde costurera negra Rosa Parks, decidió que estaba cansada de esas normas. Que no se sentía cómoda con ese sistema. Que no le daba la gana de adaptarse a unas leyes que no le parecían bien. Así que no cedió su asiento a un hombre blanco que entró en el autobús. Al final el conductor llamó a la policía y fue detenida por perturbar el orden público. Eso fue el chispazo que movilizó la lucha por los derechos civiles de los negros en los Estados Unidos. Rosa Parks no era nadie, era una persona insignificante. Pero era una inadaptada a un sistema racista y, por no amoldarse, cambió el mundo para mejor.

Tal vez desobedecer, incumplir las normas, ser antisistema, en ocasiones tenga sentido, y el que haya individuos que no se adapten pueda resultar beneficioso para la sociedad. Tal vez a ustedes, a veces, aunque solo sea de vez en cuando, también les cueste adaptarse a algunas situaciones en sus vidas personales, en el trabajo, como ciudadanos… Y si esto les ocurre, tal vez se quieran replantear si esa realidad, esa situación, ese sistema, merece que se adapten o no. Si tal vez su propia desobediencia puede redundar en el bien común. Porque en la vida, de vez en cuando, uno debe plantarse y marcarse un rosa parks.

COMER ES UN ACTO POLITICO

Las crisis, del tipo que sean, implican siempre un gran sufrimiento, pero también suelen traer regalos escondidos, algunos de los cuales no vemos hasta que la crisis ha sido zanjada. Las crisis traen, por ejemplo, impagables lecciones para quienes las quieren aprender. La crisis que vivimos en España, que tan mal han manejado nuestros políticos y que ha acarreado tanto sufrimiento a tantas personas, nos ha traído, entre otros regalos que solo veremos a largo plazo, un renovado interés de los españoles por la política. Al pueblo español vuelve a interesarle, y mucho, la política, y de esta forma vuelve a tomar el poder que había abandonado en manos de unos cuantos mediocres, que han hecho y deshecho a su antojo, con penosas y evidentes consecuencias.

Pero aunque muchas personas, durante el período de bonanza, hayan sentido rechazo hacia los temas políticos y pretendían ignorarlos, deben saber que el ser humano que vive en sociedad hace política desde que se levanta hasta que se acuesta. Viviendo en sociedad, todos nuestros actos tienen una repercusión política, lo queramos o no. Por ejemplo, uno de los actos cotidianos que en mi opinión tienen más contenido político, es la comida. Para mí, comer es un acto político, a través del cual podemos modificar la sociedad en la que vivimos.

Cada vez que elegimos qué vamos a comer hoy, dónde vamos a comprar los tomates, o qué clase de pollo llevaremos a la mesa, estamos eligiendo mucho más que el menú, estamos eligiendo qué tipo de mundo queremos, qué clase de sociedad y qué planeta queremos dejarle a nuestros hijos.

Hay pocos actos que realicemos tan compulsivamente como comer. Todos lo hacemos, todos los días, y varias veces al día. Podemos decidir no gastar dinero en ir al cine, no irnos de vacaciones, no comprar libros o no teñirnos el pelo… Pero todos necesitamos comprar comida. Eso mueve muchísimo dinero y poder en el mundo. Es una parte muy importante de la economía. Incluso hay bancos, como Goldman Sachs, que ni siembran comida, ni la almacenan, ni la comercializan, pero especulan con comida y ganan muchísimo dinero subiendo y bajando el precio de ciertos alimentos según su interés. Y este tipo de especulación propicia que mucha gente muera de hambre en el mundo.

En mayo del 2009, Michael W. Masters, un ex-manager de un hedge fund que especula en el mercado de los alimentos, fue convocado para hablar sobre este tema ante el Senado de los Estados Unidos, e hizo la siguiente declaración:

“En este mismo momento, hay cientos de miles de millones de dólares preparados para entrar en los mercados de las materias primas. Si no se toma una acción inmediata, los precios de la energía y los alimentos seguirán subiendo. Esto podría tener consecuencias catastróficas para millones de consumidores estadounidenses. Y podría significar, literalmente, la muerte por inanición de millones de personas en los países más pobres”.*

La comida es importante dentro de la economía y por lo tanto nuestras elecciones sobre lo que comemos o no, tienen un impacto en esa economía. Creo que esto es algo que no deberíamos perder de vista. Cada uno debe reflexionar acerca de qué tipo de economía quiere apoyar, porque eso es una decisión personal que depende de los valores y la ideología de cada cual. Dependiendo de la elección que hagáis, estaréis apoyando a los agricultores locales, o a las grandes cadenas de supermercados. O si elegís huevos ecológicos, estaréis favoreciendo que las gallinas no pasen su vida hacinadas, enfermas e hinchadas a antibióticos, sin poder moverse y conviviendo con cadáveres de otras gallinas. Esto puede ser importante para vosotros, o no. Para mí sí lo es. Igualmente, si ponéis de postre naranjas de valencia en lugar de piña de Costa Rica, estaréis evitando al medio ambiente la emisión de un montón de CO2 que se produce en el transporte de la mercancía desde tan lejos.

Cada uno debe elegir su opción personal, la que más se ajuste a su ideología y al mundo en el que quiere vivir. Yo, cuando compro comida, trato de elegir un mundo en el que a los agricultores de mi país les paguen un precio justo por sus productos, que no tengan que tirar sus cosechas porque han caído los precios, que puedan subsistir con dignidad. Y por eso trato de comprar local. Y también quiero vivir en un mundo en el que los animales tengan una vida con el menor sufrimiento posible, y por eso compro huevos ecológicos y carne ecológica. Y quiero proteger el medio ambiente de mi planeta, y por eso elijo productos de cercanía.

La industria alimentaria tiene un gran impacto en la economía, y por lo tanto en la sociedad y el medio ambiente. A través de la comida que elegimos, podemos modificar el mundo en que vivimos. Os animo a que reflexionéis sobre este poder que tenéis en vuestras manos, y que si creéis que vale la pena, lo ejerzáis.

*Este tema de la especulación con alimentos de los grandes agentes financieros, lo explica maravillosamente Principia Marsupia en su blog, de donde he extraído el testimonio de Michael W. Masters: http://www.principiamarsupia.com/2012/09/03/como-goldman-sachs-creo-una-crisis-alimentaria-internacional/