No quiero atrincherarme en mi verdad absoluta hasta que huela a podrido

Ni el dinero, ni el poder, ni el sexo. Ni el mando del televisor, ni un coche de alta gama, ni el  más listo de los smartphones. Lo que más anhelamos en este mundo, lo que deseamos más fervientemente y lo que nos produce genuino placer, es tener razón.

Por retorcerle el brazo de la razón a los demás somos capaces de cualquier cosa: de rebuscar en Google, de consultar la Wikipedia y de leer decenas de artículos, hasta que topemos uno que podamos echar a la cara de quien ha osado disputarnos la preciada posesión de la verdad absoluta.

Les voy a contar una historia:

Un día llevé a Luis, el hijo de unos amigos, a los coches de choque. Eran unos coches para niños muy pequeños, que giraban todos en la misma dirección vigilados por el encargado de la atracción. Se ve que a Luis le pareció un poco monótono, porque de repente se puso a conducir en dirección contraria. Chocaba con todos los niños que venían de frente, y claro, se produjo un caos absoluto en aquellos cacharritos de feria. Todos los niños lloraban, los padres estaban horrorizados, al encargado le aplastaron los pies, pero Luis seguía adelante con gesto adusto, sin inmutarse. Cuando los cochecitos al fin se detuvieron, se dirigió tranquilamente hacia donde yo lo esperaba perpleja. Se metió las manos en los bolsillos, y visiblemente contrariado, me dijo: “¿Has visto todos los niños que conducían al revés?”.

Me asombra la cantidad de gente que siempre piensa que son los demás los que conducen al revés. Que ni por un instante se detienen a admitir la posibilidad de que tal vez sean ellos los que van en dirección contraria, o al menos, que la opción correcta depende del lugar desde el que se mire.

Sólo un necio puede pensar que no hay más que una verdad, inmutable y absoluta.  Y sólo un necio muy plomizo se cree en el sagrado deber de adoctrinarnos en ella.

Antes, el lugar adonde la gente iba a tener razón, era la taberna. Ahora tenemos Twitter, el templo del cuñadismo, un lugar infestado de personas en posesión de la verdad que se enmiendan la plana unos a otros, cada cual más cargado de razón y más investido por no se sabe quién para andar corrigiendo las opiniones de quienes no piensan igual que él.

Todos los días en Twitter leo a personas con ideologías radicalmente opuestas a la mía. A menudo me desesperan con sus tuits y a veces hasta consiguen enervarme. Seguramente tenemos muy pocos puntos en común, pero tenemos uno muy importante: el respeto a la opinión diferente, la convicción de quecada persona tiene derecho a mantener opiniones radicalmente opuestas a las nuestras sin que vayamos a enmendarle la plana, a decirle que está equivocado, que ya le explicamos nosotros la verdad absoluta de la que estamos convencidos.

Estas personas y yo probablemente nunca lleguemos a estar de acuerdo en nada, salvo en el respeto mutuo. Me gusta leer lo que opinan, me gusta que me aporten un punto de vista diferente al mío, que abran mi mente, que me hagan reflexionar y hasta que me enerven. No quiero atrincherarme en mi verdad absoluta hasta que huela a podrido, no quiero tener razón siempre, no quiero imponer mi punto de vista a nadie. Al contrario, quiero leer a esas personas que exponen sus opiniones con la misma libertad que yo las mías, quiero reflexionar sobre lo que dicen, quiero que enriquezcan mis ideas, que las hagan crecer, que las complementen o que las reafirmen. Creo que es muy estúpido, y además señal de una gran pobreza mental, el tratar de tener siempre la razón a toda costa.

Esas personas tan empeñadas en tener razón, que van por la vida arrollando el derecho de los demás a opinar diferente, me hacen pensar muchas veces en ese chiste que circula por Twitter y que dice algo así:

“Lo atropellaron en un paso de peatones. Murió igual que vivió, con la razón de su parte.”

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