Dios creó el clítoris exactamente tal y como es

Vaya por delante que yo siempre intento ser muy respetuosa con las creencias religiosas de las personas. Igual que intento serlo con su ideología política (sobra decir que no siempre obtengo la misma deferencia de vuelta). Pero si lo hago, si respeto el sentimiento religioso o ideológico de las personas, no es porque lo diga la ley, es una decisión personal, porque soy muy guay. Soy una persona guay que va por ahí intentando respetar los sentimientos de la gente. Eso incluye sus creencias religiosas, sus tendencias sexuales o sus ideas políticas. Yo soy así de guay, por si no lo habíais notado.

Por eso, probablemente, nunca realizaría una protesta como la que protagonizó Rita Maestre a los 22 años. Y sin embargo, comprendo perfectamente por qué lo hizo. Rita Maestre y sus compañeras no estaban protestando contra la libertad de los católicos para practicar su fe, no protestaban contra los creyentes ni sus sentimientos religiosos, protestaban contra una institución hegemónica en España como es y ha sido la Iglesia Católica, contra la invasión por esta institución de los espacios públicos. Maestre y su tropa protestaban contra la no separación de la Iglesia y el Estado, contra el favoritismo hacia una religión en concreto y contra la invasión de la Universidad por la Iglesia Católica. Tal vez haya formas más respetuosas de hacerlo, pero eso ya es una cuestión personal.

Aclarado esto, tengo que decir que el juicio contra Rita Maestre, del que mi sensibilidad solo me permitió ver una pequeña parte, me heló la sangre. Aquella fiscal insistiendo una y otra vez, minuciosamente y con regodeo en todos los detalles de los hechos, me recordó a la Santa Inquisición y me parecía que la joven Rita Maestre estaba acusada de herejía y que del banquillo la conducirían directamente a la hoguera, como la Iglesia solía hacer antaño.

En la parte del interrogatorio que pude ver, escuché que se hablaba del torso desnudo de la acusada como una ofensa a Dios. También le parecía ofensivo a la acusación que Rita hubiese coreado “contra el Vaticano, poder clitoriano”.  Y yo me pregunto, ¿pero cómo va a ofender a Dios algo que ha creado Él mismo? Algo de lo que nadie más que Él ha decidido su forma, su tamaño, su color, su olor y hasta su sabor. Un clítoris es tal y como es porque Dios así lo ha decidido, puesto que es su creador. Igualmente, ¿por qué va a ofender a Dios la desnudez, si es como Él ha decidido que vengamos a este mundo? ¿O se sabe de algún bebé que Dios haya enviado con sayo, o taparrabos, o camisita y canesú? No, según la tradición católica, Dios es nuestro creador y nos manda al mundo desnudos. Si alguien quiere ofenderse por esa desnudez, tal vez esté ofendiendo a Dios, creador absoluto e indiscutible según la religión cristiana de ese cuerpo desnudo. Por lo tanto, mi conclusión es que quien ofende realmente a Dios es quien abomina de su creación, quien se horroriza, se espanta y se santigua ante el torso desnudo de un ser humano o el nombramiento de cualquiera de sus partes, aún sea la que está entre las piernas de las mujeres debido a que, según su religión, Dios así lo quiso.

Encuentro más romántico el salmorejo de bote que las fresas con champán

Querida Elvira, solo le pido a Dios muy fuerte que no te quedes soltera, porque con ese nivel de exigencia lo vas a pasar fatal. Tú llevas muchos años fuera del mercado y no lo sabes, pero no está la cosa como para andar poniendo peros a los muebles de la cocina. A tu edad, lo más probable es que el señor en cuestión venga rebotado de uno o dos matrimonios, y que sus ex se hayan repartido el patrimonio inmobiliario y él viva en un apartamento de alquiler. Así que si viene con inmueble en propiedad,  pese a que los muebles parezcan de su abuela, alégrate. Aunque solo sea porque no se querrá mudar a tu casa a la primera de cambio con la excusa de ahorrarse el alquiler.

Te confieso que me ha dejado perpleja que pienses en Pablo Iglesias como un fucker. No me malinterpretes, que yo también he tenido mis encaprichamientos inconfesables, pero este tirón sexual que le ves al chaval me resulta algo sospechoso. Yo creo que, a ti que has sido musa de la progresía, te molaría captar la atención del mesiánico Pablo Iglesias. Lo que pasa es que lo de los bolsos de Louis Vuitton y las compras en la Fifth Avenue son más de socialdemócrata que de bolivariana, pero estás a tiempo de arrepentirte y venderlo todo en un rastrillo benéfico, de esos que hacen las señoras bien cuyo estilo de vida y sentido estético tanto te gusta emular.

En cuanto al desayuno, qué quieres que te diga, yo me lo encuentro en la cocina untando el pan con el salmorejo de bote y colocando encima las lonchitas con esa dedicación, y se me cae una lagrimita. Alguna vez han querido impresionarme con un desayuno a base de fresas y champán, y la verdad, me pareció una horterada. A lo mejor a ti esto te hubiese epatado, pero resulta que a mí no me gustan las fresas y además el alcohol antes del aperitivo me apetece tanto como otra mayoría absoluta del PP.  Definitivamente lo del salmorejo de bote me parece más tierno, y si encima me prepara él las tostadas, ya me tiene ganada.

Y querida Elvira, tú ya no te acuerdas, pero el primer polvo no suele ser memorable. Porque todavía no hay conexión psicológica, tú estás algo cortada, él no sabe lo que te gusta… En mi opinión, en el primer polvo, con que compruebes que viene con todas las herramientas y que es voluntarioso y pone interés, date con un canto en los dientes.

Mi recomendación, Elvira, es que no dejes a tu santo, porque aquí fuera hace mucho frío, y como te fijes hasta en los muebles de la cocina, vas a morir por congelación.

Mira, el otro día, paseando por el campo, vi una pareja de perdices que me dio muchísima envidia. Pensé en lo sencillo que debe de ser su proceso de selección de pareja, en lo claro que tienen el reparto de tareas y en que no se pelean por ver a quién le toca fregar el baño. No tienen que preocuparse por encajar en su círculo social. Ni tienen que caerle bien a su suegra. Ni siquiera cenan con ella en Navidad. Pero como no somos perdices, Elvira, todo esto es complicadísimo.

Y por último, Elvira, de arribista a arribista, te diré que queda muy ordinario despreciar la estética, las costumbres, o cualesquiera características de la clase social de la que venimos. Te recomiendo, en lugar de juzgar los muebles de sus cocinas, mirar a los ojos y al corazón de las personas: sobre todo porque hace mucho más elegante.

La CUP está flipando unicornios

(Recupero este artículo que publiqué el 11 de noviembre en Mundiario)

Menudo follón lo de Cataluña. De esos follones que están tan enmarañados y pintan tan mal, que estás tentada de cerrar el cajón y que se siga pudriendo. Pero resulta que justo así hemos llegado hasta aquí, mirando hacia otro lado, haciendo oídos sordos e ignorando flagrantemente determinadas sensibilidades. Ninguneando las diversas identidades culturales españolas, tratando de pasar el rodillo de la uniformización, de “españolizar niños catalanes”, de despreciar lenguas, costumbres, tradiciones, formas de ser, raíces. La falta de respeto a los sentimientos identitarios de millones de españoles, nos han traído hasta aquí. Y no hablo sólo de catalanes. Tenemos la inmensa suerte de vivir en un país multicultural, pero en lugar de poner en valor y aprovechar esa riqueza, se han empeñado, con una miopía imperdonable, en negar que en España coexisten varias realidades culturales. En lugar de vivirlo como un capital cultural extraordinario, se ha vivido desde el miedo al otro. El miedo a lo que es diferente, a lo que se diferencia de mi cultura, a lo que me suena extraño o amenaza la hegemonía de mi propia identidad cultural. Lo que yo llamo ser un cateto. Y por ser un país cateto, estamos donde estamos.

Esta es la explicación de por qué el pueblo catalán ha desarrollado exponencialmente esos sentimientos independentistas, como única vía de salida al desprecio constante a su identidad y su lengua. Sentimientos que se han multiplicado con la lamentable actuación del actual gobierno del Partido Popular, incrementándose el número de partidarios de la independencia.

 Y esa herida del pueblo catalán, infligida por ese catetismo cultural que heredamos del franquismo, ha sido aprovechada por ciertas élites catalanas a las que les ha venido muy bien tener detrás el respaldo de una masa agraviada. Una burguesía catalana que ha utilizado el sentimiento del pueblo catalán para enriquecerse, saquear Cataluña y llevarse la pasta a Andorra y Suiza, sin que aquí nadie dijera ni Pamplona. Quietos o mi madre dispara. Mientras ellos iban forrándose con lo que robaban usando como escudo el sentimiento catalanista, los catalanes de a pie, los que eran utilizados como escudo, eran desahuciados de sus casas, se les recortaban derechos sociales y no había dinero para pagar a las farmacias. Pero los hijos, los nietos y los bisnietos de esa élite catalana, con república o sin ella, tienen garantizada una exclusiva vida a todo trapo a costa de lo saqueado a Cataluña.

Lo difícil de entender, para mí, es el actual bukake de partidos independentistas (algunos eventualmente independentistas). Será por eso que decía Churchill (qué molón queda siempre citar a Churchill) de que la política crea extraños compañeros de cama. Comprendo que a Artur Mas, igual que en su momento le vino bien ser un garante de la Constitución para sus fines crematísticos, ahora lo que sirve a sus intereses es desafiar las leyes, montar la marimorena y crear mucho follón para que no se note lo suyo. Lo de ERC ya me cuesta más, encuentro muy esquizofrénico eso de una izquierda que se abraza a la derecha, tapándole las vergüenzas de esa manera tan impúdica, cualquiera que sea la excusa. ¿Está para ERC el concepto de nación catalana por encima de los derechos del proletariado? Pues pinta que sí… En cuanto a los de la CUP, me parece que están flipando unicornios y que cuando se despierten de su viaje descubrirán que han sido robados y sodomizados.

Y todos en conjunto, lo que están haciendo es una auténtica. Un intento sin ningún tipo de legitimidad ni respaldo popular, que saben que ningún Estado podría tolerar. También saben que por la misma razón, ningún país civilizado ni organismo internacional reconocería a la república resultante de semejante churro parlamentario, ese “todo por los catalanes, pero sin los catalanes” que se proponen. Porque, sabedores de que no les salen las cuentas en cuanto a respaldo popular, ellos se proponen separarse de España porque les sale de las gónadas, y ya si eso luego convencen a los catalanes. Pinta súper democrática, la República Catalana.

El ambicioso joven que vivió un delirio presidencial y ahora es juguete roto del IBEX

Pues parece que el IBEX, con todos los recursos a su disposición, no consigue formar gobierno. Ni todo el miedo sembrado, ni todos los medios de comunicación a su servicio, ni toda la maquinaria puesta a disposición del candidato oficioso Mariano y del candidato suplente Albert, han sido suficientes. Qué bonito cuando los planes no le salen bien al capitalismo. Pocas veces ocurre, celebrémoslo.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer puñetazo en la cara. Juraría que eso fue, exactamente, lo que le ocurrió a Albert Rivera la noche electoral. Cuando la cámara lo enfocó caminando por aquel pasillo del Eurobuilding, rodeado por su escolta de ciborgs –tan ciborgs como él-  para comparecer ante los medios, la sonrisa blanqueada y perfecta parecía habérsele congelado en la cara. Pretendía seguir caminando como un triunfador, sonriendo como un triunfador, saludando como un triunfador… pero la realidad le había golpeado en la cara con 40 cochinos escaños y costaba mantener la farsa. El shock del momento le impidió reaccionar, y por eso fue incapaz de sustituir su discurso de arrogante triunfador por el de humilde perdedor. Pareciera que ningún alma caritativa lo hubiera avisado de que había fracasado estrepitosamente.

Se encargó de hacérselo saber Susanna Griso al día siguiente en Espejo Público, pegándole una estocada en directo, con una crueldad poco usual en ella. Albert, la gran esperanza blanca del IBEX y hasta entonces mimado por los medios, fingía mantener su halo de persona influyente, intentando convencer a los presentes con su labia habitual, aunque algo más tenso, de lo satisfecho que estaba de haber obtenido 40 escaños. Susanna Griso lo atajó en seco espetándole que cuando se paseaba por los bancos pidiendo un préstamo para la campaña, les prometía sacar un mínimo de 60 escaños. Albert Rivera, cosa rara en él, pareció quedar sin palabras.

Cuatro millones de euros le prestaron los bancos a Albert Rivera para la campaña electoral de las generales. Y se dice que llegaron justitos de pasta al 20D, lo pulieron todo rápidamente y la última semana no tuvieron para pagar trackings. Por lo visto, muy buenos administradores, no son.

Aparte de dinero, Albert ha perdido credibilidad e influencia, ya no le es útil al IBEX para apuntalar al gobierno del PP.  Por eso anda como loco por meter cabeza en un (im)posible gobierno de coalición de PP y PSOE. Sería su única salvación, con los panfletos del IBEX aupando ya a Inés Arrimadas como su relevo. Además, en unas posibles nuevas elecciones, los politólogos auguran que lograría todavía menos escaños.

Encuentro maravillosa la historia de Albert, el ambicioso joven que vivió un delirio presidencial y que ahora es el juguete roto del IBEX. Lo suyo fue un suflé, un castillo de naipes que se vino abajo antes de lo conveniente. De lo conveniente para el interesado. Albert y quienes lo apoyaron se creyeron a pies juntillas eso de que la masa es manipulable, que la tecnocracia todo lo puede, que el dinero es infalible. Que qué votante no iba a caer rendido ante un joven aseado, campeón de debates universitarios, con trajes de 1.000 euros, sonrisa blanqueada e injertos capilares. Pero olvidaron el factor humano, ése que hace que seamos impredecibles. Pura poesía.

El día que Bert Cooper nos advirtió de que las mejores cosas de la vida son gratis

Uno de los últimos episodios de la serie Mad Men se cierra con una escena en la que el viejo Bert Cooper canta y baila una canción en la que le recuerda a Don Draper que “Las mejores cosas de la vida son gratis”. Es una escena deliciosa, tanto por su mensaje y espíritu, como por la estética y puesta en escena. Bert Cooper enumera durante la canción algunas cosas maravillosas que son gratis, como las estrellas que brillan, los rayos del sol o las flores que brotan en primavera.

De una sociedad autodenominada “capitalista”, no se puede esperar otra cosa que un absoluto protagonismo del capital. Y así es, el dinero ha dejado de ser un mero instrumento necesario en una sociedad de mercado, para convertirse en el dios todopoderoso que debe ser adorado por el ser humano y que merece cualquier sacrificio en su defensa, incluso el sacrifico del propio ser humano, si es necesario. La vida humana carece de valor si se contrapone a la preeminencia del capital.

 Hemos colocado el dinero en el centro de nuestro mundo. Nos han convencido de que todo lo merece, todo lo arregla, todo lo puede. Nos han convencido de que triunfar es poder comprar los productos que a la industria le interesa vendernos, de que ser feliz es cambiar de coche. Ignoro cuánto tiempo durará esta mentira, a qué nivel de degradación debe llegar el ser humano antes de corregir el rumbo, de volver a situar en el centro de su existencia las cosas que de verdad importan.

El bueno de Bert Cooper canta en su última aparición en Mad Men que “Las mejores cosas de la vida son gratis”, aunque más que gratis, esas cosas a las que se refiere, son carísimas. Tan caras que no se pueden comprar, porque no hay dinero en el mundo que pueda pagarlas. Esas cosas carísimas, imposibles de comprar con dinero, nos igualan a todos. Ahí están las puestas de sol, dispuestas no para quién tenga más dinero, sino para quien sepa disfrutarlas, quien se pare un momento a extasiarse con su espectáculo. Porque resulta que “solamente lo barato se compra con dinero”, como decía Facundo Cabral.

Pero no sólo los fenómenos naturales, como el amanecer, el atardecer o las mareas, son impagables. Tampoco se pueden comprar con dinero los lujos más exquisitos que uno se puede permitir. Por ejemplo, la dignidad, esa que permite a un hombre o a una mujer caminar con la cabeza bien erguida. No, la dignidad no puedes comprarla. Ni tampoco el respeto por uno mismo, esa sensación de que uno puede mirar a los ojos a cualquier ser humano de igual a igual, sea cual sea su estatus o condición. Ni se puede comprar el buen gusto. De hecho, el dinero y el buen gusto suelen estar bastante reñidos. La estética de la sencillez se maneja casi sola. Pero qué difícil es gestionar el aspecto estético de la abundancia. Todavía conservo en mi retina la imagen de un multimillonario de cara sudorosa pidiendo botellas de champán de las que ni siquiera sabía pronunciar su nombre. Pero él lo hacía con impostada naturalidad, como quien pide una gaseosa. Ya hace tiempo que comprendí que es muy difícil poseer una gran fortuna sin caer en la ordinariez.

La historia más triste del mundo

Aquel multimillonario de rostro sudoroso me contó que una vez había estado enamorado, y  todas las tardes volvía a casa ilusionado, sabiendo que lo esperaba su amada. Muchas personas se sentirían muy afortunadas de encontrar un amor así, un amor correspondido que ilumine lo cotidiano, que algunos persiguen toda la vida y mueren sin haber encontrado. Pero aquel multimillonario me explicó que cierto día comprendió que estaba dejando de ganar todavía más dinero a causa de su amor, ya que se iba antes a casa de lo que lo haría si nadie lo esperara allí. A pesar de que hasta ese momento de su vida ya había acumulado capital como para que lo derrochasen varias generaciones, no dudó en romper aquella relación amorosa, que estimaba perjudicial para el incremento exponencial de su fortuna. Me pareció la historia más triste del mundo.

El dinero no solo no da la felicidad, sino que la evita. La felicidad está precisamente en la no dependencia del dinero, en liberarse de la obligación de consumir, en evitar las tarjetas de crédito y otros tipos de deuda que nos esclavizan de por vida. En no identificar nuestro valor personal con nuestra capacidad adquisitiva. En la legendaria El club de la lucha, el personaje interpretado por Brad Pitt advertía: “No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera”. No, porque no eres lo que tienes, eres lo que amas.

No quiero atrincherarme en mi verdad absoluta hasta que huela a podrido

Ni el dinero, ni el poder, ni el sexo. Ni el mando del televisor, ni un coche de alta gama, ni el  más listo de los smartphones. Lo que más anhelamos en este mundo, lo que deseamos más fervientemente y lo que nos produce genuino placer, es tener razón.

Por retorcerle el brazo de la razón a los demás somos capaces de cualquier cosa: de rebuscar en Google, de consultar la Wikipedia y de leer decenas de artículos, hasta que topemos uno que podamos echar a la cara de quien ha osado disputarnos la preciada posesión de la verdad absoluta.

Les voy a contar una historia:

Un día llevé a Luis, el hijo de unos amigos, a los coches de choque. Eran unos coches para niños muy pequeños, que giraban todos en la misma dirección vigilados por el encargado de la atracción. Se ve que a Luis le pareció un poco monótono, porque de repente se puso a conducir en dirección contraria. Chocaba con todos los niños que venían de frente, y claro, se produjo un caos absoluto en aquellos cacharritos de feria. Todos los niños lloraban, los padres estaban horrorizados, al encargado le aplastaron los pies, pero Luis seguía adelante con gesto adusto, sin inmutarse. Cuando los cochecitos al fin se detuvieron, se dirigió tranquilamente hacia donde yo lo esperaba perpleja. Se metió las manos en los bolsillos, y visiblemente contrariado, me dijo: “¿Has visto todos los niños que conducían al revés?”.

Me asombra la cantidad de gente que siempre piensa que son los demás los que conducen al revés. Que ni por un instante se detienen a admitir la posibilidad de que tal vez sean ellos los que van en dirección contraria, o al menos, que la opción correcta depende del lugar desde el que se mire.

Sólo un necio puede pensar que no hay más que una verdad, inmutable y absoluta.  Y sólo un necio muy plomizo se cree en el sagrado deber de adoctrinarnos en ella.

Antes, el lugar adonde la gente iba a tener razón, era la taberna. Ahora tenemos Twitter, el templo del cuñadismo, un lugar infestado de personas en posesión de la verdad que se enmiendan la plana unos a otros, cada cual más cargado de razón y más investido por no se sabe quién para andar corrigiendo las opiniones de quienes no piensan igual que él.

Todos los días en Twitter leo a personas con ideologías radicalmente opuestas a la mía. A menudo me desesperan con sus tuits y a veces hasta consiguen enervarme. Seguramente tenemos muy pocos puntos en común, pero tenemos uno muy importante: el respeto a la opinión diferente, la convicción de quecada persona tiene derecho a mantener opiniones radicalmente opuestas a las nuestras sin que vayamos a enmendarle la plana, a decirle que está equivocado, que ya le explicamos nosotros la verdad absoluta de la que estamos convencidos.

Estas personas y yo probablemente nunca lleguemos a estar de acuerdo en nada, salvo en el respeto mutuo. Me gusta leer lo que opinan, me gusta que me aporten un punto de vista diferente al mío, que abran mi mente, que me hagan reflexionar y hasta que me enerven. No quiero atrincherarme en mi verdad absoluta hasta que huela a podrido, no quiero tener razón siempre, no quiero imponer mi punto de vista a nadie. Al contrario, quiero leer a esas personas que exponen sus opiniones con la misma libertad que yo las mías, quiero reflexionar sobre lo que dicen, quiero que enriquezcan mis ideas, que las hagan crecer, que las complementen o que las reafirmen. Creo que es muy estúpido, y además señal de una gran pobreza mental, el tratar de tener siempre la razón a toda costa.

Esas personas tan empeñadas en tener razón, que van por la vida arrollando el derecho de los demás a opinar diferente, me hacen pensar muchas veces en ese chiste que circula por Twitter y que dice algo así:

“Lo atropellaron en un paso de peatones. Murió igual que vivió, con la razón de su parte.”

Tengo malas noticias: El TTIP sí que es asunto tuyo

Ya sé que se te acaban las vacaciones, que tu cuñado te tiene frito, que las canas avanzan torturándote con el vértigo de hacerte viejo, que tienes que pintar la humedad del salón, que de este mes no pasa apuntarte a un gimnasio y que no sabes cómo diablos vas a afrontar los gastos de la vuelta al cole en septiembre. Sé que cuando lees “TTIP” en un titular descartas automáticamente leer la noticia, porque es un tema lejano, complicado, frío y tedioso, que sólo concierne a los economistas y a gente que se come mucho el tarro. Pues lamento traerte malas noticias, amigo, pero resulta que sí: el TTIP es asunto tuyo. Tan tuyo que va a cambiar tu vida, la mía y la de todos los que están a nuestro alrededor.

Para que te hagas una idea: te van a cambiar las reglas. Vas a perder derechos que creías que eran irrenunciables, vas a dejar de vivir en una zona en la que las leyes las deciden los estados para pasar a vivir bajo las leyes de las multinacionales. Ellas lo tienen todo planeado, les parece que no son lo suficientemente ricas y tú lo suficientemente pobre, así que ahora mismo vienen hacia aquí dispuestas a tumbar derechos sociales, leyes medioambientales y de seguridad alimentaria. A bajar salarios, a imponer el fracking, a privatizar cualquier servicio de interés público y en definitiva, a tomar el control del poder por encima de los estados y los ciudadanos para expoliar todos los recursos naturales y económicos que ahora crees que te pertenecen.

Somos una presa muy golosa: si consiguen ponernos sus garras encima, las multinacionales controlarían a quienes poseemos el 40% del poder adquisitivo mundial. Mucha pasta para dejarnos tranquilos. No es que tengan nada especial en nuestra contra, ni que les caigamos mal. No es nada personal, solo negocios.

Amigo, ahora mismo se está cocinando en Europa un nuevo marco para las grandes multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea del que no quieren que sepamos nada. Las negociaciones se están llevando en absoluto secreto, y apenas  se ha filtrado algún pequeño detalle.

Para llevar a cabo su misión de despojarte de lo tuyo y hacerse más asquerosamente ricas, cuentan, entre otras cosas, con tu colaboración. Cuentan con que pienses que no es asunto tuyo, con que desconectes cuando oigas hablar del TTIP, con que no quieras molestarte en enterarte de qué diablos va eso y cuáles serán sus consecuencias. Cuentan con que estés muy ocupado con tu vida, con que tengas problemas más inmediatos que resolver y con que todo esto del TTIP te resulte tan tedioso que te la puedan colar sin que te enteres.

Cuentan con complicarte el acceso a la información, con desinformarte a través de los medios de comunicación en su poder y con que te pierdas en falsos debates que ellas mismas instigan.

Cuentan con llevar a cabo su operación en secreto, para que cuando se firme el TTIP sea un hecho consumado y tú ya no puedas hacer absolutamente nada. Ha habido alguna filtración, pero hasta los europarlamentarios tienen acceso restringido a la documentación de lo que se está negociando.

Y cuentan, y esto es muy importante, con conseguir que se aprueben unos tribunales de arbitraje llamados ISDS. Esto quiere decir que las grandes multinacionales se pasarían por el forro los tribunales ordinarios que tenemos en Europa y montarían su propios tribunales paralelos en los que poder demandar a los estados que osen llevarles la contraria en su desmedido afán por quitarnos lo nuestro. Para que te hagas una idea, un tribunal de arbitraje fue el que utilizó Philips Morris para reclamar a Uruguay dos mil millones de dólares,  por poner en marcha una campaña antitabaco que la tabacalera consideraba que había perjudicado sus intereses de seguir forrándose vendiendo su mortífera mercancía.

Las multinacionales tienen mucha pasta, mucho poder y muchos políticos cogidos por sus partes más innobles. Tienen mucho tiempo y recursos para planear cómo venir a saquearte. Cerrar los ojos y taparte los oídos no te salvará de ellas. Hacerte un ovillo y colocarte en posición fetal no te salvará de ellas. Solo estando alerta, prestando atención, leyendo sobre qué significa el TTIP y formando parte de los ciudadanos que rechazamos activamente esta nueva argucia de las multinacionales, conseguirás que salgamos indemnes de ésta. Estamos en tus manos, amigo.

Hay gente que no baila descalza en la cocina fingiendo que baila con alguien

De las pocas cosas que hacen soportable el verano por aquí, es dejarte fascinar cada tarde por la inmensidad de la puesta de sol. A los que no dejamos de extasiarnos con cada ocaso, nos sorprende que haya quienes no comprenden tanto alboroto por un fenómeno repetitivo y cotidiano. Pero es que por la vida anda mucha gente muerta. Trabajan, comen en restaurantes, hablan de fútbol, conducen un automóvil… Pero en realidad están muertos.

Ellos se levantan cada la mañana con la alarma del móvil, acuden puntuales a trabajar, envían mensajes, hacen la compra,  ven la tele con actitud hipnótica. Y sin embargo están muertos.

Los corazones de estas personas muertas laten, pero no palpitan.  Y sus ojos pueden ver, pero no saben mirar. Están perfectamente capacitados para ver cualquier objeto, ven los edificios, las personas, el tráfico… Lo que no pueden es mirar. No miran los ojos de la gente, no miran las puestas del sol, no miran cómo se aleja una mujer, no miran al firmamento, ni miran una fila de hormigas en el campo.

No debe de ser nada fácil darse cuenta de que uno está muerto. Lo imagino parecido a lo que le ocurría a Bruce Willis en el Sexto Sentido, que la mayoría de estos muertos no saben que lo son. Y por eso siguen con sus vidas. Otros tal vez sospechen que lo están, y por eso siempre están haciendo muchas cosas que los mantengan activos constantemente, para fingir que están vivos.

Muchas de estas personas incluso tienen sexo de manera habitual. A veces compulsivamente. Pero es más bien un acto mecánico, casi un acto reflejo. Como quien engulle sin poder parar comida basura delante del televisor. Y sin embargo nunca aman, no bailan descalzos en la cocina fingiendo que bailan con alguien, y ya hace tiempo que dejaron de escribir nombres en el vaho de los espejos, o apoyar su  frente sobre el vidrio de las ventanas para recordar a nadie.

Ya hace mucho tiempo que dejaron de morir por alguien y empezaron a vivir por nada.

Cuando me encuentro con alguien así, siempre me pregunto cuándo se habrá muerto. Cuándo dejó de palpitar su corazón y empezó simplemente a latir. Cuándo olvidó mirar a las estrellas y a las hormigas en el campo. Cuándo dejó de creer. Cuándo prefirió la seguridad a la aventura, y la posesión al disfrute. Cuándo fue que dejaron de arriesgarse, que bloquearon sus entradas, que rodearon su perímetro con alambre de espino. Cuándo fue que decidieron que nada valía la pena y que todo costaba dinero. Cuándo fue que creyeron que todo tiene un precio.

Lo que pasa es que vivir duele, por eso prefieren estar muertos. Ellos nunca corren riesgos, tienen un seguro de vida, un plan de pensiones y hasta un paraguas para no mojarse, no sea que las gotas de lluvia en el rostro los despierten de su muerte.

A veces he descubierto que un hombre estaba muerto al ir a besarlo en los labios. Te encuentras sin esperarlo con unos labios fríos, inertes, insensibles como el corcho, y te dices: ¡Joder, este tipo está muerto! No quisiera parecer inmodesta si digo que a alguno lo he resucitado.

Todos estamos heridos, decía Alejandra Pizarnik. Y es que sería ingenuo pretender transitar por la vida sin que a uno lo alcancen en un momento u otro. Seguro que es verdad, todos estamos heridos, pero a algunos los hirieron de muerte.

Recomendaciones para un amor sin muertos

No quiero ver tu nombre en las esquelas. No quiero que seas una más en la estadística. No quiero ver cómo abren el telediario con tu cadáver tendido en el suelo. No quiero sentir que la rabia me muerde las entrañas cuando escuche la noticia. Por eso debes ser lista, debes estar muy atenta a las señales y no cometer errores. Debes aprender a diferenciar el amor de la dependencia, debes grabarte a fuego que tú no tienes dueño, que a nadie perteneces si no es a ti misma. Porque hay tantos hombres maravillosos ahí fuera, que es una lástima ir a caer en manos de uno de esos pocos seres cobardes, débiles e inseguros que, no lo dudes, antes o después te acabará matando.

Sé económicamente independiente. Aunque él tenga un buen trabajo, o mucho dinero, y tú un pequeño sueldo que ganas con mucho esfuerzo. Por pequeño que sea, te dará el valor y la libertad de irte dando un portazo si las cosas se ponen feas. Ser autosuficiente hará que tu dignidad y tu integridad física no tengan precio. El dinero nos subyuga, nos hace dependientes. Nunca dependas del dinero de otro.

Lo primero que intentará será aislarte, romper tu relación con el mundo. Jamás consientas que te aleje de la gente que te quiere, de tus amigos y amigas de siempre, de tu familia, de tus compañeros del trabajo. Esfuérzate por mantener vivos tus vínculos sociales, ellos te hacen más fuerte. Y aprende a amar la soledad. Sé tu mejor amiga y valora tu propia compañía. Quién está a gusto consigo misma, nunca está sola.

No permitas que nadie te diga que te calles, ni que ridiculice tus opiniones. Que nadie silencie nunca tu voz, porque sin ella nuestro coro está incompleto. Tienes derecho a hablar, a expresarte y a ser escuchada, a tener opiniones propias aunque al otro le resulten incómodas. No toleres que te insulte, ni que te falte al respeto, y desde luego, no consientas que te levante la mano. Ni siquiera una vez, ni aunque no llegue a pegarte, ni aunque esté pasando una mala racha. Ni aunque luego se disculpe. Si ese hombre te levanta la mano, aunque solo haga el gesto, ten por seguro que algún día, más temprano que tarde, ese puño caerá sobre ti.

Y apréndete de memoria las hermosas palabras de amor con las que se excusará por su comportamiento, porque vas a oírlas muchas veces. Las oirás después del primer insulto y después de la primera bofetada. Las oirás después del primer puñetazo, y también después de la primera paliza que te mande al hospital. Es probable que también las pronuncie cuando ya estés muerta, cuando tu cuerpo sin vida yazca en una calle de tu barrio.

No permitas que nadie decida cómo debes vestirte, o qué talla debes usar, o cuál debe ser tu peso. Si quiere jugar a las muñecas, que se compre una Barbie. Si un día te dice que esa falda es demasiado corta, al día siguiente te pones una más corta todavía.

Mantén vivas tus pasiones, tus gustos, tus aficiones. Si escuchabas jazz, escucha jazz. Si te gustaba el teatro, ve al teatro. Si amabas la poesía, lee poesía.

Cuídate. Sé feliz. Haz feliz a los que te rodean y permite que ellos te hagan feliz a ti. Porque ya lo escribió el poeta José Agustín Goytisolo:

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas

que les ayude tu alegría

tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti

como ahora pienso.

Arturo, el perro que nunca olvidaremos

A lo largo de nuestra vida tomamos muchas decisiones, unas más afortunadas que otras. A veces, hasta que no nos alejamos mucho y tomamos distancia, no sabemos si la decisión ha sido acertada o no. Tal vez les parezca extraño pero, viéndolo en perspectiva, creo que entre todas las decisiones que yo he tomado en mi vida, una de las mejores ha sido la de adoptar un perro.

Por supuesto, esto debe meditarse mucho, porque les garantizo que sus días, sus rutinas, incluso sus vacaciones y su economía, se verán alteradas si deciden incluir un perro en sus vidas. Sin embargo, si acepta asumir la gran responsabilidad y compromiso que esto supone, descubrirá que se ha hecho usted un gran regalo a sí mismo.

Yo tomé esa decisión por primera vez hace ahora ocho años. Me dirigí al centro Integral de Acogida de Animales de la Comunidad de Madrid, que está en Colmenar Viejo y después de meditarlo me decidí por un cruce de cocker y braco y le puse por nombre Arturo.

Con esa mezcla de razas, la tarea de educarlo no fue fácil. Arturo era un perro inteligentísimo, pero desesperantemente hiperactivo. Caminábamos horas juntos todos los días, y si embargo su energía parecía inagotable. Compré libros de adiestramiento, me armé con paciencia y trocitos de pavo, e hice de él el perro más educado, divertido y obediente que se puedan imaginar. Aunque es verdad que él ya venía con talento natural, porque era muy teatrero y sabía meterse a la gente en el bolsillo.

Arturo me acompañó en muchos momentos maravillosos, en otros complicados y en otros francamente duros, y siempre parecía comprender la situación. Juntos nos fuimos de vacaciones, nos mudamos de casa, conocimos a personas especiales y también perdimos a otras.

Mi pareja de entonces se enfadó bastante cuando le dije que había adoptado un perro mestizo en un refugio. No comprendía que no optase por comprar un perro de raza. Se ofreció a regalarme un cachorro de bóxer si lo devolvía, pero yo soy terca como una mula y le expliqué que Arturo ya era innegociable. Contra todo pronóstico, con el tiempo ellos dos se hicieron inseparables. Paseaban juntos durante horas por el campo, salían a caballo, perseguían conejos, y pasaban largas y frías tardes de invierno delante de la chimenea. El día que mi pareja y yo rompimos nuestra relación, supe que lo mejor que podía hacer por Arturo era permitir que se quedase con él. Y con él se quedó. Me consta que vivieron tiempos muy felices, que ningún perro puede soñar una vida mejor que la que él tuvo, y que además fue un gran consuelo en momentos difíciles para su nuevo dueño. Yo los visitaba de vez en cuando y comprobaba que haber permitido que se quedaran juntos había sido la mejor decisión.

Cuando este verano murió Arturo, su dueño se quedó absolutamente desolado. Fue, sin ninguna duda, un durísimo golpe para él. Quien haya tenido una conexión tan especial con un perro, sabrá a qué me refiero. Al día siguiente de su muerte, sin haber asumido la pérdida, me llamó pidiéndome que le ayudase a encontrar a un perro igual a Arturo. Bastante sorprendida, tuve que explicarle que eso no era posible, que no había en el mundo otro perro igual a Arturo. Supongo que con el tiempo podrá entenderlo.

A quien esté pensando incluir un perro en su vida, le recomiendo encarecidamente que lo adopte en un refugio. Estoy segura de que lo vivirá como una de las mejores decisiones de su vida, y además salvará la vida de dos perros: la del suyo y la del de algún otro que esté vagando hambriento por las calles y que podrá ocupar su vacante en la protectora. Si finalmente lo hace, le propongo un reto, que trate de ser la clase de persona que su perro siempre verá en usted: la mejor persona del mundo.