El efecto revolucionario de la bondad

Intuyo, aunque tal vez me equivoque, que pocas veces en la historia ha sido la bondad un valor tan denostado. En una época en la que el éxito se mide por el capital y la riqueza acumulada, donde se nos muestran como héroes a quienes consiguen amasar desproporcionadas fortunas y en la que medrar se considera signo de gran inteligencia, la bondad, la generosidad y el altruismo resultan pesadas cargas. Lo que no genera dividendos, no tiene cabida en el sistema neocapitalista, molesta, y por lo tanto se arrincona y se desprecia. Pero tengo malas noticias para el sistema: los valores económicos son temporales, los valores morales son eternos. No se puede destruir la bondad, porque es intrínseca al corazón del ser humano. La bondad, la solidaridad, la colaboración y el altruismo, son los valores que nos han hecho sobrevivir como especie. Con un corazón lleno de odio, egoísmo y desconfianza, nos hubiésemos extinguido hace miles de años. Nos hubiésemos destruido, exterminado, aniquilado unos a otros. No digo que no exista el mal y no digo que no haya que combatirlo. Lo que digo es que la bondad engendra bondad y que el mal engendra más mal, y por eso, si deseamos vivir en un mundo justo y generoso, lo inteligente es actuar con justicia y generosidad. El bien es contagioso, cuando hacemos el bien a alguien estamos echando a rodar una fuerza que crecerá imparable, como una bola de nieve. La mala noticia es que con el mal ocurre lo mismo. Decía Gandhi, un señor que le arrebató la independencia de la India a los ingleses sin pegar un solo tiro, pero cuyos métodos hoy en día son ridiculizados por algunos: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Si quieres un mundo ruin, egoísta y violento, sé ruin, egoísta y violento.

Por lo tanto, parece más inteligente la bondad que la maldad, a pesar de que algunas corrientes traten de propagar la falacia de que las personas que han tomado la decisión de defender el bien son gente muy estúpida e ingenua. Más bien al contrario, yo diría que lo estúpido es propagar el mal. Aunque pueda generar beneficios a corto plazo a algunas personas, por ejemplo con la venta de armas en caso de guerra. Pero beneficio no es sinónimo de prosperidad, por más que la sociedad actual se lo haya tragado.

Por supuesto que debemos defendernos del mal. Pero al mal no se lo vence con más mal, eso solo extendería la enfermedad, se lo vence con justicia. En España lo hemos hecho maravillosamente, vencimos al terrorismo utilizando la ley, el Estado de derecho. Creo que es algo de lo que no presumimos lo suficiente.

La bondad no es señal de estupidez, es haber comprendido el poder transformador de hacer el bien.  Hay un pasaje literario que expresa maravillosamente este poder transformador de la bondad y es aquel en que el obispo de Los Miserables salva a Jean Valjean de la cárcel, a pesar de haberle robado la cubertería de plata cuando le había dado cobijo. No sólo dice a la policía que ha detenido a Valjean que él mismo le había regalado la cubertería, sino que le da unos candelabros de plata alegando que se los había olvidado. Con este gesto de bondad, el obispo compra el corazón de Jean Valjean para el bien y lo convierte en una buena persona el resto de su vida.

Que la bondad es revolucionaria no lo ha inventado la nueva izquierda, ni siquiera los hippies de los años sesenta. Que la compasión y la justa indignación ante el mal ajeno inspiran el sentimiento de la justicia ya lo dijo Aristóteles, nadie ha inventado nada, son pasiones que llevamos de serie en nuestros corazones.

Hacer el bien, los actos de generosidad, la solidaridad, son el único muro de contención ante el mal. El compromiso con el bien es una decisión que uno debe tomar en su interior y no es desde luego un camino fácil. Exige mucho valor, fortaleza y tenacidad. Ya decía Beethoven que el único símbolo de superioridad que conocía era la bondad.

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4 comentarios en “El efecto revolucionario de la bondad

  1. Muy buena reflexión compartida. Siempre he creído que el bien llama al bien. Muy de acuerdo con lo que llama la bondad. Aunque a veces nos lo pongan cuesta arriba 🙂

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