Hay gente que no baila descalza en la cocina fingiendo que baila con alguien

De las pocas cosas que hacen soportable el verano por aquí, es dejarte fascinar cada tarde por la inmensidad de la puesta de sol. A los que no dejamos de extasiarnos con cada ocaso, nos sorprende que haya quienes no comprenden tanto alboroto por un fenómeno repetitivo y cotidiano. Pero es que por la vida anda mucha gente muerta. Trabajan, comen en restaurantes, hablan de fútbol, conducen un automóvil… Pero en realidad están muertos.

Ellos se levantan cada la mañana con la alarma del móvil, acuden puntuales a trabajar, envían mensajes, hacen la compra,  ven la tele con actitud hipnótica. Y sin embargo están muertos.

Los corazones de estas personas muertas laten, pero no palpitan.  Y sus ojos pueden ver, pero no saben mirar. Están perfectamente capacitados para ver cualquier objeto, ven los edificios, las personas, el tráfico… Lo que no pueden es mirar. No miran los ojos de la gente, no miran las puestas del sol, no miran cómo se aleja una mujer, no miran al firmamento, ni miran una fila de hormigas en el campo.

No debe de ser nada fácil darse cuenta de que uno está muerto. Lo imagino parecido a lo que le ocurría a Bruce Willis en el Sexto Sentido, que la mayoría de estos muertos no saben que lo son. Y por eso siguen con sus vidas. Otros tal vez sospechen que lo están, y por eso siempre están haciendo muchas cosas que los mantengan activos constantemente, para fingir que están vivos.

Muchas de estas personas incluso tienen sexo de manera habitual. A veces compulsivamente. Pero es más bien un acto mecánico, casi un acto reflejo. Como quien engulle sin poder parar comida basura delante del televisor. Y sin embargo nunca aman, no bailan descalzos en la cocina fingiendo que bailan con alguien, y ya hace tiempo que dejaron de escribir nombres en el vaho de los espejos, o apoyar su  frente sobre el vidrio de las ventanas para recordar a nadie.

Ya hace mucho tiempo que dejaron de morir por alguien y empezaron a vivir por nada.

Cuando me encuentro con alguien así, siempre me pregunto cuándo se habrá muerto. Cuándo dejó de palpitar su corazón y empezó simplemente a latir. Cuándo olvidó mirar a las estrellas y a las hormigas en el campo. Cuándo dejó de creer. Cuándo prefirió la seguridad a la aventura, y la posesión al disfrute. Cuándo fue que dejaron de arriesgarse, que bloquearon sus entradas, que rodearon su perímetro con alambre de espino. Cuándo fue que decidieron que nada valía la pena y que todo costaba dinero. Cuándo fue que creyeron que todo tiene un precio.

Lo que pasa es que vivir duele, por eso prefieren estar muertos. Ellos nunca corren riesgos, tienen un seguro de vida, un plan de pensiones y hasta un paraguas para no mojarse, no sea que las gotas de lluvia en el rostro los despierten de su muerte.

A veces he descubierto que un hombre estaba muerto al ir a besarlo en los labios. Te encuentras sin esperarlo con unos labios fríos, inertes, insensibles como el corcho, y te dices: ¡Joder, este tipo está muerto! No quisiera parecer inmodesta si digo que a alguno lo he resucitado.

Todos estamos heridos, decía Alejandra Pizarnik. Y es que sería ingenuo pretender transitar por la vida sin que a uno lo alcancen en un momento u otro. Seguro que es verdad, todos estamos heridos, pero a algunos los hirieron de muerte.

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